Opinión

Maremoto

En todo el mundo democrático hay dificultades con la política. A 30 años de que el modelo de posguerra empezó a cambiar, que son dos generaciones en la medición de Ortega y Gasset, la división entre izquierda y derecha deja de ser útil. En la posguerra tenía sentido, porque el estado de bienestar que creció en esos años era el punto de contacto entre ambos lados del espectro y la diferencia estaba en cómo financiarlo. La izquierda prefería el déficit, la derecha los impuestos.

Desde fines de los setenta, el estado de bienestar dejó de ser aceptado por todos, porque su costo era ya muy elevado, y no había ni cómo elevar el déficit ni cómo cobrar más impuestos. Todos empezaron a corregir, aunque a unos les decían neoliberales y a los otros nada. A la caída del bloque soviético, la discrepancia entre izquierda y derecha se hizo mucho menos clara. Por pura inercia, seguimos en la dicotomía varios años más.

La gran recesión de 2008 alteró todo. Con esa crisis se hizo evidente que las cuentas están mucho peor de lo que se creía. Por un lado, la tecnología ya no requiere empleos de ocho horas diarias; por otro, no hay cómo mantener las prestaciones asociadas a ellos. Los parches utilizados durante tres décadas mostraron su ineficiencia: ni los créditos hipotecarios impagables en Estados Unidos ni las extensiones del estado de bienestar en Europa habían resuelto nada, y sí habían incrementado las deudas, y mucho.

Ahora hay que pagar, y eso no le parece a nadie. Los jóvenes, que no tienen expectativa de empleo estable, enfrentan menos prestaciones y más impuestos que sus padres, que sí tienen pensión y estabilidad. Y entienden que esta situación fue resultado del esquema político de los últimos setenta años, así que se rebelan. De ahí la aparición de nuevos partidos: el Tea Party en Estados Unidos, Cinco Estrellas en Italia, Podemos en España, UKIP en Reino Unido, o el crecimiento de radicales: Frente Nacional en Francia y Syriza en Grecia. La oferta de estos grupos, en general, es borrar al menos los últimos 30 años, si no es que más.

En donde no hay democracia, las cosas son peores. La cleptocracia rusa se quedó sin dinero por la situación del mercado petrolero, y lo mismo le ocurre a los fundamentalistas Iraníes. En toda la franja de Turquía a Irán, guerra civil. China en medio de su balanceo económico que no está funcionando, y en la consolidación del emperador Xi.

Nosotros, los de en medio, enfrentamos ambos problemas. Por un lado, la insatisfacción de clases medias y medias bajas con una economía que no se parece a la de sus sueños, la mítica posguerra. Por otro, las bases no democráticas susceptibles a discursos religiosos. No islámicos como en Medio Oriente, sino del más rancio nacionalismo izquierdista.

Me parece que en este contexto debemos entender los fenómenos cotidianos. La primera manifestación del Politécnico es similar a la angustia de los jóvenes europeos. La posterior captura del movimiento la explica la religión popular de izquierda. Algo similar ocurre con la indignación por la matanza de Iguala, capturada desde otra versión de religiosidad revolucionaria.

Esto explicaría, creo, el derrumbe general de confianza en las instituciones: una ola antidemocrática que viene del futuro y una ola, además radical, que viene del pasado. ¿Se puede sobrevivir al maremoto? ¿Cómo? Habrá que irlo platicando.

Twitter: @macariomx