Opinión

Marcos y la niebla

  
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EZLN. Juan Villoro. (Cuartoscuro)

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil caviló: el exsubcomandante Marcos, exsubcomediante Marcos, hoy Galeano, o como se diga, nunca fue santo de su devoción; antes al contrario, Gamés desarrolló por Marcos una especie de alergia desde sus inicios de guerrillero postmoderno (como lo llamó en un ataque de entusiasmo premoderno Carlos Fuentes), una antipatía colosal, la aversión y el fastidio que provocan los fanfarrones. Marcos-Galeano reapareció en las cañadas, que por cierto siguen perdidas en la miseria, para homenajear a Luis Villoro y al maestro de la escuelita zapatista José Luis Solís López, alias Galeano. Dicen que cambiar de opinión es de sabios, correcto, pero sostener la misma opinión de la misma persona podría ser un acto de relativa coherencia.

En el caracol Oventic, Municipio de San Andrés, ante más de tres mil personas ocurrió la aparición en la niebla: la gorra cuidadosamente deshilachada, la capucha, un ojo parchado con la imagen de un par de tibias y una calavera, un guante sin dedos con las falanges pintadas de blanco y el dedo cordial erguido. A Gilga no le gustan las paradas militares (sin albur), aunque éstas sean realizadas por indígenas buenos. El espíritu militar le provoca toda clase de temores y despierta en él la suspicacia, nada mejor que lo civil. Sus periódicos El País y La Jornada mostraron a un grupo de encapuchados que desfiló con palos en lo alto, como en una rara tabla gimnástica.

La hidra

Gil considera que el verdadero homenaje a Luis Villoro debería partir de su obra intelectual, suceder en el centro de los grandes momentos del filósofo, del historiador, del académico. Gamés se refiere a los trabajos sobre Husserl, a las páginas filosóficas, al gran estudio sobre la ideología de la Independencia, desde luego a sus reflexiones sobre el indigenismo en México. En todos estos ámbitos y menos en Oventic crecería la memoria de Villoro, pero bueno, se sabe, muchas veces todo pasa como en un artículo de Adolfo Gilly, todo ocurre como entre la niebla de la prosa de Gilly.

Precisamente ante Adolfo Gilly, Juan Villoro, Fernanda Navarro, Bertha Nava (madre de Julio César Ramírez, estudiante normalista asesinado en Iguala), el subcomandante Moisés, el comandante David y el subcomandante Galeano-Marcos dio inicio en el auditorio Caracol de Oventic el seminario: “El pensamiento crítico ante la hidra capitalista”. Este seminario hubiera sido un momento de avanzada en el año de 1975. La hidra capitalista, Gil repitió: la hidra. Mecachis en veinte.

En su periódico El País, Pablo de Llano se sirvió con el cucharón del puchero. Oigan esto: “En el homenaje del EZLN al pensador Luis Villoro, Marcos-Galeano echó mano de su mejor recurso para recordar al intelectual: la literatura. Era mentira, pero había tanta niebla que parecía verdad”. Ajuaa, qué bonito es lo bonito. Hemos regresado al año de 1994: Marcos as a writer. Tranquilo, Pablo. Si Marcos engañó a Paz y a Fuentes y a tantos otros por qué no a usted; ciertamente han pasado solamente 21 años. En fon.

Triste memoria

Han pasado los años de éxito rotundo. Helas! Esos días de oro molido en los cuales Gamés leía en su periódico El País declaraciones como ésta: “Es fácil, demasiado fácil decir que la época de las guerrillas ha terminado, que hoy hablamos más de democracia que de Revolución, que la imagen de Cristo del Che muerto donde más destaca es sobre el fondo de la descomposición del régimen de Fidel Castro en Cuba”. Después de leer esto a Gil le daba por cantar: “Un Fidel que vibra en la montaña, / un rubí cinco franjas y una estrella”. (A ver si hay quien se acuerde de esta canción, desafió Gamés al infinito). La combativa prosa pertenecía al señor Alain Touraine, sociólogo y director del Instituto de Estudios Superiores de París.

Je suis desolé, musitaba Gilga, pero el asunto no había terminado. Venía la segundita: “Quien mejor ha comprendido esta conversión del revolucionario violento en santo moral es el subcomandante Marcos. Multiplica el testimonio del Che anulando la violencia y creando un personaje híbrido y extrañamente paradójico: una especie de Che Gandhi”. Si chucha, como ño, se daba Gilga de topes víctima de unos temblores de ocho grados en la escala de Richter. El autor de estas líneas era ni más ni menos que el señor Sami Nair, a la sazón profesor de ciencias políticas en la universidad de París. Ah, les beaux jours et les beaux tours. Todo acaba. Como sea, Gilga musitó: je suis desolé.

Gil oyó esta frase en una taberna y la trae al ático de las frases célebres: “Tuve que decirle muchas mentiras que no eran ciertas”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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