Opinión

Mara y el silencio
del poder

   
1
 

 

Mara Castilla

Se llamaba Mara Fernanda Castillo. Tenía 19 años y estudiaba el tercer semestre de ciencia política en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla. Mara no cumplirá los 20 años.

Vivía en Puebla junto con su hermana Karen, ambas originarias de Xalapa, Veracruz. El pasado jueves 7 de septiembre, Mara salió con sus amigos por la noche a un bar en Cholula. La madrugada del viernes Mara solicitó el servicio de Cabify para volver 'segura' a casa. Desde que subió al Chevrolet Sonic que la recogió, nadie supo más de ella. Mara no volverá a entrar o salir de su casa.

Las cámaras de seguridad del conjunto habitacional donde vivía Mara captaron la llegada del Chevrolet Sonic, vinculado a la empresa Cabify, y su permanencia en la entrada durante cerca 30 minutos. Las cámaras, sin embargo, no registraron que Mara hubiese bajado del auto. Mara ya no se subirá a ningún coche.

El chofer del auto Cabify que transportó a Mara a su casa se presentó ante el Ministerio Público de Puebla a rendir voluntariamente su primera declaración, el sábado 9 de septiembre por la noche. Ahí manifestó que Mara le había solicitado bajar del vehículo poco antes de la entrada de su domicilio.

El martes 13 de septiembre ese chofer fue detenido por personal de la Fiscalía General del Estado de Puebla en el municipio de Terrenate, Tlaxcala. Coadyuvó a ello, el GPS del celular de Mara, mismo que estaba en posesión del chofer.

Tres días después, el viernes 15 de septiembre, fue encontrado el cuerpo de Mara envuelto en una sábana. De acuerdo con la Fiscalía de Puebla, Mara murió por estrangulamiento y golpes severos tras sufrir abuso sexual.

Según ONU Mujeres, con base en datos de 2013, en México se cometen siete feminicidios al día. Por su parte, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos señaló, en 2016, que en los últimos cuatro años habían desaparecido siete mil mujeres en el país. El homicidio de Mara fue el feminicidio número 59 en lo que va del año en Puebla, según el fiscal general de esa entidad, Víctor Carrancá.

En mayo de este año, un grupo de mujeres lanzaron una campaña de denuncia en redes sociales en contra de la excesiva frecuencia con la que, frente a la violencia contra las mujeres, tiende a culparse a las víctimas. Sumándose a aquella campaña, Mara Castilla tuiteó: “#SiMeMatan es porque me gustaba salir de noche y tomar mucha cerveza…”. Penosamente se cumplió; a Mara la mataron y no faltó quien la culpara a ella.

Mara no volverá a tuitear, a abrazar a su mamá, a comer su comida favorita, a arreglarse para ver a sus amigos, a asistir a clases. A Mara le cortaron en seco todos los planes y todos los deseos. No puedo ni imaginarme el dolor de su madre, su hermana, sus familiares y sus amigos cercanos. Debe de ser un dolor inacabable.

Fuera del gobernador de Puebla, quien lamentó lo sucedido y expresó sus condolencias a la familia de Mara, el resto de nuestras autoridades ha brillado por su ausencia. No es que la vida de Mara valga más que la de las otras miles de mujeres asesinadas y violentadas en México todos los días. Es, simplemente, que su muerte –horrenda y evitable– puso nuevamente el reflector sobre esa herida abierta que recorre el país y ofrecía la ocasión para que nuestras autoridades nos hicieran saber que algo como el asesinato de Mara no les parece 'normal'.

Dice mucho ese vacío de dónde estamos y de las razones por las cuales pueden seguir ocurriendo a diario tragedias como la de Mara.

Twitter: @BlancaHerediaR

También te puede interesar:
El presupuesto (o el eslabón perdido en la relación entre evaluación y educación de calidad)
Informes de Gobierno o una puesta en escena cada vez más vacía
Calidad educativa, la necesidad de una reforma sistémica