Opinión

Maquiavelo en Tlatelolco

 
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Ramón Xirau

Pocos meses después de la matanza de Tlatelolco, Ramón Xirau
–poeta, filósofo, traductor, editor, crítico, profesor– publicó un hermoso libro titulado Ciudades (Dallal Editores, 1969; reedición UNAM, 1985).

En este breve volumen reunió Xirau crónicas y ensayos sobre Italia: viaje físico y mental por ciudades (Florencia, Siena, Venecia), tiempos (especialmente el Renacimiento) y artes (la escultura de Miguel Ángel, la arquitectura de Brunelleschi, la pintura de Leonardo, la poesía de Dante, la historia de Maquiavelo).

Pocos meses después de la matanza de Tlatelolco, insisto, Ramón Xirau publicó sus reflexiones sobre el concepto de la historia de Maquiavelo, es decir, sobre el hombre que creía –al decir de Merleau Ponty–, que la sociedad es el infierno.

Otros eran los paisajes intelectuales que frecuentaba Xirau, tanto en prosa como en verso, sobre todo los relacionados con “aquello que la historia del mundo ha designado con el nombre de lo sagrado”, según dice Alberto Constante. Por eso llama la atención su ensayo sobre Maquiavelo. El del pensador florentino no es un mundo donde la trascendencia importe, sino uno regido por deseos, apetencias y voluntad de conquista.

¿Qué buscaba Xirau en 1969 con su indagación sobre Maquiavelo? ¿Qué buscaba Xirau en el concepto de la historia del florentino a unos meses de la represión de Tlatelolco? Se planta un libro en la plaza pública para abrir una conversación. Un diálogo con los lectores –sus iguales– sobre lo que acababa de ocurrir en México: Un Príncipe empeñado en conservar el poder priista a costa de lo que fuera.

A Maquiavelo, hombre de muchos intereses, dice Xirau, “le obsesiona una sola idea: explicar la eficiencia de los Estados mediante una doctrina cuyo fin es el poder”. Lo hace en sus obras políticas, sobre todo en El Príncipe, y como historiador en sus Historias florentinas. Cuando Maquiavelo escribió este libro, en Florencia prevalecía el desorden civil; con sus Historias... tenía la intención de alcanzar, como él la llamaba, “la concordia”.

No otro fin tuvo, supongo, la lectura que Xirau proponía de Maquiavelo en 1969. El ensayo (Maquiavelo: Del hombre y de la Historia) en el centro de un libro sobre arquitectura y escultura italiana renacentista es su propuesta para un país herido: la concordia.

Pocos se han atrevido, en el transcurso de los tiempos, a descender a tal profunidad en las motivaciones humanas como Nicolas Maquiavelo. Penetró al fondo del corazón de las tinieblas que nos constituye. Lo miró de frente y no cerró los ojos ni desvió la mirada.

Para él, dice Xirau, “la observación de los hombres muestran que el hombre está hecho de tendencias negativas nacidas del deseo de poder”. Pese a su maldad natural, el hombre busca en sociedad el equilibrio “por la necesidad de conservar y del miedo”. Este equilibrio, señala Xirau, “se llama seguridad y se llama concordia”.

Para Maquiavelo, cambian las circunstancias a través de los siglos, pero el hombre permanece el mismo: un ser maligno. Nuestros deseos, sostenía, serán siempre superiores a nuestros medios, por lo que la insatisfacción es permanente. Del intento de aplacar esa insatisfacción crónica nace el deseo de dominar, conquistar, usar y abusar del otro.

El gobernante (el Príncipe) para Maquiavelo no debe ser moral o inmoral sino amoral. Debe pensar, resume Xirau, “que el fin de su gestión es siempre el poder y que no importan los medios que se empleen con tal de que se realicen los fines”.

El Estado que propone El Príncipe es un Estado totalitario. Era el tipo de Estado que se había expresado contundentemente en la Plaza de Tlatelolco el 2 de octubre.

Imagina Xirau a Maquiavelo caminando en Florencia, “con un paso rápido y agudo como su figura enjuta por la actual vía Tornabuoni... Maquiavelo, en Florencia, era ante todo nervioso pensamiento activo, apenas mira monumentos, apenas admira edificios. Su vida es toda urgencia.

Y su urgencia se llama política”. Interroga Xirau a Maquiavelo sobre los orígenes de la sociedad en discordia y concluye (y quizá su conclusión contribuya a iluminar en algo nuestro oscuro presente) que Maquiavelo cometió un grave error: concebir la idea de la fundación de una sociedad en el desvalor y el engaño “no puede si no llevarte a las ambigüedades de la dictadura y el totalitarismo”. Ese fue el error de Maquiavelo y ese es quizás el error de nuestros días.

A unos meses de la matanza de Tlatelolco, la patria dividida, Ramón Xirau ensaya un camino de concordia. Publica en Ciudades que Maquiavelo “no supo, en una palabra, no supo desesperar de veras para alcanzar de veras la esperanza”. ¿Nosotros podremos desesperar para alcanzarla o nos conformaremos con un país dividido y herido?

Twitter: @Fernandogr

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