La baja penetración financiera
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La baja penetración financiera

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La baja penetración financiera

07/03/2018

A pesar de su paulatina recuperación en los años recientes, el saldo del financiamiento interno al sector privado en México aún representa una proporción del producto relativamente exigua.

Para operar con eficiencia, cualquier economía necesita un sistema financiero que canalice adecuadamente los ahorros hacia el financiamiento de las empresas y los hogares.

Esta intermediación genera muchos beneficios, incluyendo la eliminación de la exigencia de una doble coincidencia entre el ahorrador y el demandante de crédito, la especialización en la evaluación de proyectos y su monitoreo, la posibilidad de reducir y diversificar riesgos, y la capacidad para ejecutar obligaciones en caso de incumplimiento.

La ausencia de un sistema financiero que ejerza estas y otras funciones eleva los costos de transacción de los individuos y los negocios, lo que limita considerablemente las perspectivas de productividad y bienestar.

Los análisis estadísticos internacionales revelan que existe una relación positiva entre el nivel de desarrollo del sistema financiero, medido comúnmente como la razón de financiamiento al sector privado respecto al PIB, y el crecimiento de largo plazo del ingreso por habitante.

Además, si bien algunos estudios empíricos concluyen que el avance financiero es fruto del progreso económico, y no puede excluirse tal influencia, la mayoría confirma la causalidad inversa: la penetración financiera contribuye a la expansión de la economía mediante la promoción de proyectos productivos y la mejora en la asignación de recursos.

En México, el saldo de financiamiento interno al sector privado no financiero respecto al PIB se ubicó en 32 por ciento a finales de 2017, del cual poco menos de dos terceras partes correspondió a crédito bancario.

La profundidad financiera, calculada con estos indicadores, es reducida en comparación con países de nivel de desarrollo semejante. Por ejemplo, la razón de crédito bancario en México es aproximadamente una cuarta parte del promedio de las economías emergentes.

Aunque el porcentaje de financiamiento interno ha ido aumentando durante el presente siglo, éste apenas se encuentra en niveles semejantes a los observados antes de la crisis de 1995. Más aún, la proporción de crédito otorgado por los bancos se mantiene por debajo de su correspondiente referencia histórica, ya que otras fuentes no bancarias tienen actualmente una mayor participación.

Es difícil llegar a un veredicto exhaustivo sobre las posibles causas del reducido financiamiento interno al sector privado.

Sin embargo, un factor preponderante se relaciona con las causas que llevaron a la economía mexicana al colapso de los años noventa del siglo pasado.

Específicamente, la liberación financiera, que se realizó en ausencia de una regulación y supervisión adecuadas, propició un crecimiento excesivo del crédito, lo que, junto con los estándares laxos de otorgamiento y administración de préstamos, resultó en un deterioro considerable de la cartera de los bancos.

Adicionalmente, el manejo incongruente de la política monetaria en un régimen de tipo de cambio predeterminado condujo a una crisis de balanza de pagos.

La agudización de la inflación y el alza súbita y significativa de las tasas de interés dejaron a muchos acreditados en situación de insolvencia.

El saneamiento y la capitalización de las instituciones tomaron varios años, lo que implicó la disminución del saldo crediticio a niveles mínimos. Sin duda, la severa inestabilidad del financiamiento restringió el crecimiento de la economía.

Durante las dos décadas recientes, el crédito al sector privado ha registrado una gradual reanimación, lo que ha sido posible, en gran medida, gracias a dos avances.

El primero fue el fortalecimiento del marco regulatorio para incentivar un comportamiento responsable de los bancos. Además, se llevaron a cabo sucesivas reformas para proteger más efectivamente los derechos de los acreedores y facilitar la competencia.

El segundo fue la reducción de la inflación y su posterior control, lo que permitió a los bancos ampliar los plazos y mejorar las condiciones de financiamiento.

Finalmente, es deseable que continúe aumentando la penetración financiera porque ello podría apoyar el crecimiento económico sostenido. Empero, esa evolución no puede ser fruto de un decreto ni de una meta gubernamental.

La experiencia revela que el financiamiento requiere un entorno propicio, donde la seguridad jurídica y la estabilidad de los precios juegan un papel fundamental. El mayor progreso en estas materias es indispensable.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.