El mito de la autosuficiencia alimentaria
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El mito de la autosuficiencia alimentaria

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El mito de la autosuficiencia alimentaria

01/08/2018
Actualización 01/08/2018 - 10:28

El presidente electo de México ha establecido como prioridad de su gobierno alcanzar la autosuficiencia alimentaria.

En los diferentes discursos y escritos, el próximo titular del Poder Ejecutivo no parece concebir la autosuficiencia en un sentido estricto, el cual consistiría en la capacidad de producir, de forma independiente y sin ayuda de insumos externos, todos los alimentos consumidos por la población.

En su lugar, ha hecho referencia a las ascendentes importaciones alimenticias, en especial de granos básicos, como reflejo de una desventaja para el país. De ahí que la meta de autosuficiencia parezca traducirse, primordialmente, en lograr un superávit comercial de productos considerados esenciales.

Aunque el conjunto de bienes para el que desea asegurar un saldo externo positivo no parece ser único, una lista ha incluido maíz, frijol, arroz, sorgo, trigo, así como carne de res, de cerdo, de pollo y pescado, para la cual se buscaría alcanzar el objetivo en un máximo de tres años. Otra enumeración ha incorporado además huevo y leche.

El siguiente presidente ha asociado las importaciones de alimentos con el atraso del campo, lo cual, en su opinión, se ha derivado esencialmente de la falta de apoyos gubernamentales, y ha generado, entre otras calamidades, pobreza, emigración y violencia.

Así, la próxima administración buscará reducir las compras del exterior mediante acciones que incluyen asistencia técnica, facilidades de crédito, precios de garantía y otros subsidios dirigidos a productos seleccionados.

Se hace especial hincapié en el fortalecimiento de las economías de autoconsumo y el fomento de las actividades productivas tradicionales como la conservación de variedades de maíz en peligro de extinción.

Sin desconocer el carácter loable del deseo de impulsar al campo, la búsqueda de la autosuficiencia alimentaria, mediante superávit comerciales, no es un camino deseable. Tal anhelo surge de una concepción equivocada del comercio en el que las importaciones son desfavorables y las exportaciones preferibles.

Sin embargo, son precisamente las importaciones las que acrecientan el bienestar de toda la población, porque permiten el acceso a una amplia gama de bienes de mejor calidad y a menores precios que si se buscara producirlos internamente.

En ese sentido, las exportaciones son un costo, un sacrificio para poder importar. Significan, a su vez, la oportunidad de otros países de beneficiarse de los productos mexicanos.

De ahí que en el intercambio comercial todas las partes involucradas ganen. Ello tiende a ocurrir a medida que las naciones se especializan en aquellas actividades en las que tienen ventajas comparativas.

Por ejemplo, México ha tendido a importar granos como el maíz de Estados Unidos, cuyas condiciones geográficas y tecnológicas le permiten producirlo a gran escala con bajo costo. A su vez, ese país ha adquirido del nuestro frutas y hortalizas auspiciadas por el clima.

La búsqueda de la autosuficiencia alimentaria es una forma de proteccionismo costoso para la sociedad. Los subsidios que requiere necesariamente implican la asignación ineficiente de recursos extraídos de los particulares, por lo que al final resultan en una contracción de la producción total de la economía.

Más aún, para intentar un cambio, el monto de los apoyos dedicados al agro debería ser cuantioso y su duración prologada. Empero, tarde o temprano, la restricción presupuestal limitaría su alcance.

La iniciativa actual exhibe una extraordinaria semejanza con el programa del presidente José López Portillo, denominado Sistema Alimentario Mexicano (SAM), cuyo fin fue también la autosuficiencia de alimentos, aunque el número de productos objetivo fue menor.

El SAM se puso en marcha con el auge de los precios del petróleo en 1980 y se abandonó con el desplome de los mismos a finales del sexenio. A pesar del gasto monumental, la estructura productiva casi no se alteró, los beneficios se concentraron en unos pocos y nunca se alcanzó la autosuficiencia.

La pobreza rural no se combate con subvenciones ni, mucho menos, enalteciendo las formas primitivas de producción. La agricultura de subsistencia se basa en los mismos cultivos que sostuvieron a las antiguas culturas mesoamericanas. Su permanencia sólo perpetúa la miseria.

En lugar de resucitar programas fracasados y denostar el comercio, el próximo gobierno debería combatir las causas del atraso rural. Las restricciones legales a la tenencia de la tierra, la ausencia del Estado de derecho y una educación muy deficiente destacan entre los problemas de fondo enfrentados en el campo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.