Caminos de mano de obra
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Caminos de mano de obra

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Caminos de mano de obra

13/06/2018

El candidato a la Presidencia de la República que lidera las encuestas de intención de voto ha expresado que, de ser electo, destinará recursos públicos a la construcción de caminos que conecten a poblados marginados, mediante la utilización de trabajadores locales.

Ha aclarado que las tareas promovidas serían intensivas en mano de obra, no en maquinaria, con el fin de generar empleos y reactivar la economía de esas comunidades.

Ha asemejado sus planes a los programas laborales organizados por el presidente Franklin D. Roosevelt en Estados Unidos, con los cuales, en su opinión, ese mandatario sacó a su país de la Gran Depresión.

A ese respecto, vale la pena un breve recuento histórico. Tras su primera elección en 1932, el presidente Roosevelt incluyó en sus políticas sucesivas iniciativas de empleo en obras públicas.

Inspirado en las ideas del insigne economista británico John Maynard Keynes, los proyectos buscaban canalizar apoyos a la ocupación de gente en diversas tareas, bajo el supuesto de que el problema económico era la falta de gasto.

En su momento, esos servicios desempeñaron un papel útil para realizar ciertas funciones, como la mejora de parques y bosques, pero, sobre todo, para aliviar, con una subvención, el sufrimiento de millones de personas que se encontraban en situación de extrema precariedad.

Empero, su efecto fue meramente paliativo y, como era de esperarse, difícilmente cumplió el propósito de generar empleos en el conjunto de la economía. Para financiar el incremento sustancial de gasto público, Roosevelt se vio en la necesidad de aumentar los impuestos.

Estas y otras medidas, incluyendo el manejo inadecuado de la política monetaria, prolongaron la Gran Depresión a más de diez años, la cual sólo fue interrumpida con la Segunda Guerra Mundial. Durante ese período, la tasa media de desempleo superó 18%, y en ningún momento descendió a menos de 14%.

Los planes contemplados por el candidato presidencial de México contrastan con las acciones de esa época en Estados Unidos, en especial porque, afortunadamente, hoy nuestro país no se encuentra en contracción económica, mucho menos de la magnitud de la Gran Depresión, por lo que la prescripción keynesiana de impulsar la demanda para superar el desplome de la economía no aplica.

Más bien, los proyectos esbozados por el aspirante a la presidencia presentan una extraordinaria similitud con el Programa de Construcción de Caminos de Mano de Obra, implementado en México por el presidente Luis Echeverría durante 1971-1976.

El objetivo oficial fue utilizar el mayor volumen posible de mano de obra local para la construcción de caminos rurales y alimentadores de la red troncal, dando prioridad a las zonas áridas e indígenas.

Con ello, el Gobierno pretendía impulsar la economía de las regiones atrasadas, superando su aislamiento y combatiendo la desocupación. Sin embargo, a pesar de absorber montos presupuestales notables, los resultados del programa fueron magros.

La mayoría de las poblaciones pobres permaneció aislada, pues las obras se concentraron en las comunidades cercanas a la red carretera, las cuales ya contaban con el mayor número de vías de comunicación. Además, los trabajos se orientaron a las zonas planas, en menoscabo de las más lejanas típicamente ubicadas en las serranías.

Por otra parte, la absorción de mano de obra local no resultó cuantiosa, al beneficiarse únicamente a un reducido número de campesinos. Lo más importante fue que, al ser temporales, las ocupaciones no alteraron las condiciones de pobreza de las poblaciones.

En el fondo, la escasa efectividad de estos y otros programas laborales obedece a que el Gobierno difícilmente puede ser generador neto de trabajo. Los recursos para solventar esos esquemas deben provenir de impuestos o de deuda, la cual representa gravámenes futuros. Tal extracción necesariamente implica una menor capacidad de los particulares para crear empresas.

Si bien las iniciativas del Gobierno, al ser visibles, ganan apoyo político, la disminución de posibles empleos en el sector privado es igualmente real. El resultado neto tiende a ser desfavorable, considerando que, por lo general, los programas gubernamentales, al no regirse por criterios de rentabilidad, son proclives al desperdicio.

En suma, la superación de la pobreza no depende de atenuantes transitorios, así sea tratando de imitar programas de emergencia de otras latitudes. Un problema estructural demanda respuestas estructurales. El acceso a una verdadera educación de calidad desde la temprana infancia podría brindar más esperanza de progreso a las familias pobres.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.