Opinión

Maniqueísmo y riqueza

 
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pobreza

Durante el verano leí distintas notas en la prensa donde una ONG reconocida internacionalmente expresa su preocupación porque se ha incrementado la desigualdad en México, debido a que “en 20 años la riqueza (de las 25 familias más acaudaladas) creció de 25 mil millones de dólares a 142 mil 900 millones”. En mi opinión, la forma en que todas estas notas están redactadas nos hace pensar que por alguna extraña razón ser rico es malo. Me parece que éste no es un mensaje que nos lleve a una mayor prosperidad.

En la entrada anterior compartí una liga a un video donde Margaret Thatcher debate sobre la diferencia entre desigualdad y riqueza con un miembro del Parlamento del Reino Unido.

Naturalmente no estoy de acuerdo con quienes confunden desigualdad con pobreza y con quienes nos quieren convencer de que la riqueza por alguna razón es perversa: lo nefasto es la pobreza y la debemos combatir con todos nuestros esfuerzos.

Observo que en nuestra sociedad la riqueza ha sido objeto de un extraño maniqueísmo que a veces la glorifica y a veces la sataniza de formas igualmente irracionales. Este maniqueísmo es atroz y nos hunde en el subdesarrollo. Quiero empezar respondiendo a una pregunta que me hacen frecuentemente.

¿Qué se siente ser billonario?
Precisamente, para responder a esta pregunta elaboré una de las entradas más leídas de este espacio. La respuesta breve es que las famosas listas de billonarios siempre me han causado desconfianza y no representan nada que valga la pena destacar.

Para ilustrar la complejidad de este tema, en primer lugar vale la pena preguntarnos ¿qué es la riqueza material?, ¿qué ventajas confiere?, ¿cómo se mide?, ¿es el dinero en una cuenta de banco?, ¿mis ingresos después de impuestos?, ¿lingotes de oro en una bóveda? o ¿se representa por el valor cambiante de acciones no líquidas depositadas en manos firmes?

Para fines prácticos, cada definición es distinta. Aparentemente las listas de billonarios utilizan esta última definición que tampoco es muy válida por la imposibilidad de liquidar a valor de mercado, en un tiempo razonable, la totalidad de una posición controladora en una corporación —y porque la naturaleza de los mercados es cambiante.

En el fondo, uno de los puntos que quiero ilustrar es que la riqueza tiene diferentes formas y aunque muchas veces podemos reconocer a una persona “rica”, difícilmente nos pondremos de acuerdo en cuál es la forma de riqueza material que importa y para quién.

¿Realmente es mala la riqueza?
Constantemente he dicho que en América Latina prevalecen construcciones mentales que se levantan como obstáculos terribles en nuestro camino al desarrollo económico. Una parte de estas concepciones se relaciona con nuestros conceptos y mitos sobre la riqueza. Si logramos destruir esos mitos, y ver a la riqueza y su proceso de creación de manera objetiva, habremos dado un gran paso.

Paradójicamente, en un maniqueísmo que raya en la esquizofrenia, a la riqueza material se le confieren propiedades extraordinarias, buenas o malas, que en el mejor de los casos son poco realistas.

Por un lado, me llama la atención cómo en nuestros tiempos muchas personas son célebres sólo por el hecho de ser ricos —o sólo por aparentarlo— cuando en el pasado se consideraban aspectos mucho más relevantes como la sabiduría, el empeño, la prudencia o la valentía para alcanzar reconocimiento entre nuestros pares.

En realidad, por más poder que les atribuye el imaginario popular, los llamados millonarios muchas veces administran una fracción de los recursos que puede controlar un gobernante al frente de un presupuesto público –estatal o federal– que puede alcanzar decenas de miles de millones de dólares. Curiosamente, también se tiende a magnificar el poder político de la gente rica, que también suele ser mucho menor que el de un político encumbrado.

Por éstas y otras extrañas razones, en América Latina persiste la idea de que la riqueza es perversa. Desde niños nos enseñan que “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios”. No me parece que ser rico sea malo en sí mismo —a menos, claro, que la riqueza en cuestión sea mal habida, en cuyo caso se debe aplicar la ley con todo rigor, ya que la violación de los derechos de propiedad o el hurto del patrimonio público también nos hunden en el atraso.

Lo que confiere virtud o no a la riqueza es la forma en cómo se administra para crear o destruir nuestro futuro común.

Es responsabilidad fundamental de a quienes nos toca administrar la riqueza, pensar en cómo invertir racionalmente el patrimonio que nos fue conferido de manera temporal –porque en el cementerio no nos valdrá de nada–. Al final nuestro legado se medirá por el bien que se creó para la sociedad con esos recursos.

En mi caso, la riqueza que administro está representada casi totalmente en forma de acciones de empresas que realizan actividades muy diversas y que tienen como fin satisfacer necesidades específicas de millones de clientes: gran parte de ellos ubicados en la base de la pirámide.

Mis empresas dan crédito y reciben depósitos, generan energía, ofrecen seguros, informan y entretienen, brindan conectividad y producen medios de transporte, entre muchas otras actividades donde enfrentamos competidores formidables. Además crean más de 80 mil empleos y pagan impuestos.

Si por alguna razón yo liquidara todas las acciones que controlo para repartir los recursos entre miles de personas, muy probablemente perderían gran parte de su valor casi de manera instantánea, con lo que difícilmente resolveremos el problema de la pobreza, que es el verdadero enemigo a vencer. Por el contrario, de un plumazo liquidaríamos cientos de miles de empleos directos e indirectos.

Visto de otra manera, supongamos que decidimos expropiar gran parte de la riqueza, en cualquiera de sus formas, a las cien familias más acaudaladas de México para repartirla entre el millón de familias más pobres. Ojalá que esto erradicara la pobreza en nuestro país. Lo más probable es que en el proceso gran parte de esta riqueza desaparezca —muy probablemente en manos del gobernante que la expropió, como hemos visto en Cuba, Venezuela y más recientemente en Argentina.

Incluso suponiendo ingenuamente que esto no sucediera, mantener la riqueza es casi tan difícil como crearla, por lo que de cualquier forma lo único que habremos logrado es mayor igualdad en la pobreza.

Sin mencionar el problema de que, aún con la mejor de las intenciones, todos los gobiernos del mundo han demostrado ser pésimos administradores de la riqueza.

¿Realmente el problema es la riqueza?
Algunos “expertos” señalan con alarma a los más ricos porque quieren convencernos de que debido a ellos se agrava la desigualdad, cuando el problema real no es la desigualdad en sí misma, sino la pobreza. Los modelos socialistas, al enfocarse en la desigualdad, sólo han logrado igualdad en la miseria. Pensemos en Cuba, Venezuela o Corea del Norte ¿realmente a eso aspiramos?

Debemos ser honestos y preguntarnos si lo nefasto es que existan millonarios o en realidad lo que debemos repudiar es que, en pleno siglo XXI, exista gente en pobreza extrema, incapaz de solventar sus necesidades más básicas. Al final, nadie ha podido demostrar que lo primero causa lo segundo, por más que lo han intentado. La riqueza no es un “juego de suma cero”, al contrario.

Yo no tengo ninguna duda de que el verdadero problema es la miseria y que es precisamente en erradicarla donde debemos enfocar toda nuestra creatividad y energía.

Lejos de involucrarnos en el ejercicio fácil e inútil de atacar a los ricos sólo por el hecho de serlo, debemos pensar cómo vamos a sacar a millones de personas de la trampa brutal de la pobreza que los hunde, a veces por generaciones.

Twitter: @RicardoBSalinas

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