Opinión

Manipulación e inocencia

08 febrero 2013 6:3

El caso de la fotografía del supuesto Hugo Chávez hospitalizado sólo pudo haber sucedido, sí, en los tiempos transitorios de las redes sociales, donde la veracidad es un término desconocido o, mejor, un recurso apócrifo. Lo sucedido a El País, el diario madrileño que creyó a pie juntillas en la falsedad de la imagen y la divulgó en su portada, exhibe la situación patética de su dirección periodística que dice una cosa pero hace otra muy distinta: no verifica sus informaciones, porque da como un hecho todo lo procedente de tuits, faces o portales similares. Y ahora ha hecho el ridículo, a pesar de que trató de recoger los ejemplares ya distribuidos en las calles cuando la empresa fue notificada de su error.
El asunto tiene sus coincidencias con ese otro yerro provocado por las autoridades al imponer una “noticia” a Televisa, que cayó redonda en la trampa al creer en la escenografía de la detención de Florence Cassez, enamorada de su emprendedor y millonario amante secuestrador, cómplice evidente de las torturas a personas aterradas, muertas de miedo, agónicas (hoy una heroína en su natal Francia, como para un revelador estudio de la infamia humana). A pesar del escándalo de la puesta en escena, ningún alto funcionario del monopolio televisivo rindió cuentas y Carlos Loret de Mola se dijo engañado, por lo que allí no ocurrió en realidad nada. Y como la figura del defensor del televidente es un espejismo en esa empresa, todos los protagonistas de ese infausto rodaje (periodistas, políticos, secuestradora) continúan indemnes.
Una vez llegó a la redacción un comunicado donde se afirmaba que la presencia del tenor mexicano Rolando Villazón en Bellas Artes había sido exitosa, y los que firmaban tal información eran los encargados de la función. Dado que no asistimos a esa presentación, sólo incluimos la información en las páginas, sin una crónica de la constatación del hecho... ¡sólo para venir a enterarnos al otro día que Villazón no pudo asistir por encontrarse delicado de salud! El estómago se me revolvió. Por supuesto, aclaramos en la edición siguiente los sucesos tal como los habíamos vivido; pero el yerro allí estaba: vivo, perturbador, sangrando. La empresa se lavó las manos, sus ejecutivos se negaron a contestar el teléfono y prefirieron dejar en el olvido su irresponsabilidad.
Fue, el yerro, aunque involuntario (¿pero acaso hay yerros voluntarios?), un error también nuestro. Por no confirmar la noticia. Por darla de antemano como un hecho. Recuerdo que estas cosas sucedían con frecuencia durante el periodo prohibido del rock en México, cuando los astutos empresarios traían a cualquier roquero otorgándoles un nombre que no era el suyo. Por ejemplo, alguna vez vino Traffic (¡sí: ese reflexivo grupo de Stevie Winwood y Jim Capaldi!) sin uno solo de sus integrantes originales... ¡y la prensa de los espectáculos se lo creyó, aun mirándolos y escuchándolos en vivo, lo cual era el verdadero colmo! Pero, bueno, no teníamos los boletos en Bellas Artes y la noticia era relevante: Villazón en México, incluso para buscarlo en una entrevista, que la empresa negó con anticipación: las ocupaciones del tenor eran agobiantes. Y no, no había disculpas: el error fue nuestro por no confirmar la veracidad de la fuente (¡un comunicado de prensa!). Un error que aún no puedo olvidar.
No sé, por eso mismo, cómo algunos periodistas pueden dejar en reposo sus descuidos, que en los casos citados en los dos primeros párrafos son, en efecto, sobre todo producidos, uno, por la demasiada confianza en las redes sociales (pues aunque haya 40 millones de mexicanos navegando en esa mar electrónica, no significa que la veracidad se halle ceñida allí en sus aguas) y, dos, por la sumisión a las autoridades oficiales, que no sé de las dos cuál es la peor, ya que en ambas situaciones aparece la dependencia de un tercero, la descarga en el otro de lo que no se hizo por cuenta propia.
Yo, por eso, desconfío —bastante— de los comunicados de prensa, tan contrarios a las manumisiones informativas. Y no me fío ya de ellos. Una vez ya nos desbarrancamos, no puede sucedernos dos veces. ¿Pero los que sirven a los políticos por qué continúan impunes en sus cargos periodísticos? ¿O por qué aquellos oradores y creyentes de la Internet, a la que consideran el sustituto ideal del papel, no declaran de una vez que estos soportes no son, por el momento, las idóneas fabricaciones periodísticas como se han encargado de divulgar estos adoradores de la web? La propia empresa que representa a El País tiene, por ejemplo, en Latinoamérica diversos bufetes de asesoría periodística para asestar sus inmejorables, irrebatibles e irrefutables consejos de cómo llevar a la práctica la información al público, de ahí que entendamos la naturaleza ahora uniformadora que están teniendo los rotativos en el orbe de la comunicación. Y uno los mira a ellos, a los periodistas de El País, cometiendo pifias innombrables como la desmesurada imagen del supuesto Hugo Chávez durante la intervención médica.
El lunes 28 de enero, en su programa nocturno en CNN, Carmen Aristegui entrevistó al embajador de Colombia en México por el caso del infortunado destino de los músicos del Kombo Kolombia en Nuevo León, asunto que nada tenía, ni tiene, que ver con las relaciones diplomáticas dado que numerosos grupos cumbieros se convierten, de pronto, en vallenateros por su irremediable inclinación por la música colombiana, tal como lo hace el mayor exponente en el país de este género: Celso Piña, precisamente oriundo de Monterrey, quien intituló a una de sus grabaciones Mundo Colombia sin tener nada que ver Colombia en las interioridades de ese imantado disco. Es lo que está ocurriendo, de nuevo (tal como sucediera en los setenta), con los nombres de los grupos nativos de rock, casi todos en inglés, sin que por ello sus integrantes pertenezcan al mundo anglosajón. Y no se va a entrevistar al embajador británico para hablar de los percances musicales de una banda como, digamos, Hello Seahorse. ¡Pero nadie en torno suyo le advirtió a Carmen Aristegui que una cosa no tenía nada que ver con otra! Por eso la conversación con el embajador sudamericano no podía llegar a ningún lado, tal como así sucedió.
Estos yerros —como hacer caso de un comunicado de prensa equívoco o no haber sido informado por la producción de que un entrevistado nada tenía que ver con el tema expuesto—, sin embargo, son menores si los comparamos con la divulgación de una fotografía incierta o la conducción de una “noticia” oficiosa —manipulada, coaccionada—, ésta por atender servilmente las peticiones del poder político y aquélla por exhibir su propia irregularidad —inocencia— informativa por confiarse en los procedimientos ilegales y arbitrarios que inundan, hoy en día, los servicios “periodísticos” de las redes sociales.