Opinión

Malos para el debate

Un instrumento útil para ordenar el tráfico, en parte, es el uso de parquímetros. Incrementa el costo del automóvil, obliga a decidir mejor, y aporta recursos para la comunidad. En el DF, esto además serviría para recuperar un espacio privatizado por viene-vienes, acomodadores, franeleros, o como se les llame. Es un instrumento común en los países civilizados, especialmente en zonas que tienen un gran tráfico flotante por cuestiones comerciales o turísticas. Así, en pequeños pueblos en Italia, España o Francia, uno debe pagar por estacionarse, y todo funciona bastante bien.

En la ciudad de México, los parquímetros se empezaron a usar, nuevamente, hace pocos años en la colonia Juárez, luego en Polanco, y se van ampliando, precisamente en esas zonas de alto tráfico flotante, comercial y turístico. Pero en la Roma-Condesa se decidió poner a votación este asunto, con lo que hay ciertas zonas que tienen parquímetros, y otras no, de forma que ya no se ordena el tráfico adecuadamente. Las votaciones vecinales, por cierto, siempre han sido problemáticas en el DF porque hay grupos organizados alrededor de intereses específicos que resultan más eficientes que la organización misma de la votación.

Ahora la idea es instalar parquímetros en Coyoacán, y grupos de vecinos quieren poner a votación el tema. Sin embargo, la discusión no tiene que ver con el ordenamiento del tráfico, sino con el rechazo al delegado. Los vecinos se oponen a un instrumento que hará mejor su entorno porque odian al delegado, seguramente con buenas razones. La discusión, entonces, no tiene que ver con el tema específico, sino con opiniones de los grupos: que el delegado Toledo es ratero, que es prepotente, etc. Hasta el INAH está metido en el embrollo aunque, reitero, en prácticamente todos los pueblitos con algo que ver en España, Italia o Francia, hay parquímetros, porque de otra forma el tráfico acaba con las zonas turísticas.

El tema es interesante no sólo para quienes vivimos en Coyoacán o en el DF, sino para entender al país mismo. Se mezclan, creo, al menos tres fenómenos diferentes. Uno, menor en este caso, es el que los estadounidenses llaman NIMBY (not in my backyard, no en mi patio), que significa que nadie quiere tener cerca instalaciones que son necesarias para todos. El segundo es el rechazo a la autoridad, que parece ser muy frecuente en México. No importa quién sea esa autoridad ni qué proponga, en principio está mal. El tercero es nuestra incapacidad para discutir civilizadamente. No se puede concentrar la discusión en los parquímetros, sino que se convierte en un argumento acerca de las características del delegado, los principios democrático-populistas, las tradiciones, lo que sea, pero no en la pregunta inicial, es decir, la relevante.

Extienda usted esto a la consulta popular sobre la reforma energética. La discusión será si el gobierno es ratero, si el Congreso está actuando contra la esencia del país, o si la soberanía es un concepto válido o no. Nada que ver con lo que puede preguntarse. El muy bajo nivel de debate público empieza por esa incapacidad de concentrarse y utilizar lógica elemental. A lo mejor el sistema educativo tiene que ver con eso. Como sea, es un problema mayor.