Opinión

Maléfica

Maléfica o el recuento infantil. A diferencia de otros géneros, el relato infantil sufre variopintas transformaciones desde que se optó por retomarlo y reciclarlo. Ya en Blancanieves y el cazador (2012, Rupert Sanders) y en Espejito espejito (2012, Tarsem Singh), la famosa leyenda de Blancanieves, el relato de los hermanos Grimm, se transformaba, en la primera, en una épica política sobre una intensa heroína próxima a Juana de Arco; y en la segunda, en un relato fantástico hiperconsciente de su artificialidad, que a su vez era una historia de amor, belleza y locura al borde del desquiciamiento. Ahora en Maléfica (2014, Robert Stromberg), el relato de Charles Perrault debe recontarse desde una óptica, sí, infantil. Aunque políticamente correcta. Ya sin las enseñanzas morales del cuento original y sin la noción de que la Bella Durmiente puede ser una esposa trofeo para el jovenzuelo príncipe azul que la pretenderá. Es así que el recuento infantil apuesta por crear una especie de zona gris donde los sentimientos y las sensaciones pueden mezclarse hasta lograr la duda sobre la maldad y/o la bondad absolutas. El cambio es sustancial porque el recuento infantil implica transformar la vieja didáctica basada en los cuentos originales. Eso sí, sin alterar justo esa perspectiva de que lo visto es algo que sólo sucede ante los ojos de un niño. Y su punto de vista ya no será moral, como en el original literario, sino exclusivamente emocional.

Maléfica o el relato feérico trasformado. En su debut, el experto especialista en efectos especiales Stromberg, transforma el relato original en un terso cuento de hadas, pavorosamente editado por Chris Lebenzon & Richard Pearson. Un cuento de hadas estructurado a partir de las íntimas traiciones del rey Stefan (Sharlto Copley, sin carisma y sin capacidad para mostrar más allá de una furia sorda y monótona), cometidas contra esa hada en origen buena, Maléfica (Angelina Jolie, actuando por instrumentos sin inspiración aunque medio jugando con el esquematismo del papel), que a lo largo de la historia logra maldecir a la bella hija del rey Stefan, Aurora (Elle Fanning, apenas creyéndose el papel), para luego descubrir su profundo instinto maternal (“no hay amor más grande”). De esta forma el relato feérico insiste en las situaciones de pastelazo para subrayar los intensos sentimientos de esa hada en apariencia mala que se transforma en la encarnación misma del amor y que concluye su vida coronando a la Bella Durmiente como la princesa que unifica (y transforma) a los reinos de la fantasía y de la realidad.

Maléfica o el caramelo visual. El estilo primordial de Stromberg consiste en hacer un cine que funciona como caramelo para el ojo. Vistosos personajes secundarios. Hadas diminutas que vuelan y crecen a discreción. Espacios convertidos en espectaculares escenarios poblados de todo tipo de criaturas fantásticas y llamativos monstruos. Una historia, pues, que se desenvuelve a partir de sus efectos especiales y de toda la parafernalia que se supone existe en los cuentos de hadas, pero con un estilo moroso, sin agilidad; un estilo que renuncia a una narrativa más dinámica para entregarse a la pura contemplación de cuadros con situaciones muy específicas que en este nuevo replantamiento; esta nueva transformación dramática; esta búsqueda de corrección política, sólo funcionan como dulce visual sin las erróneas estridencias de Blancanieves y el cazador, pero tampoco sin la imaginación desatada de Espejito espejito, debido principalmente a la impericia de Stromberg, más engolosinado en crear ese caramelo visual que empieza en el look mismo de Maléfica -como ente de pómulos saltados-, y concluye con la transformación de todo el entorno cual si fuera una simple cinta de relleno, a pesar de su éxito en taquilla, y no el entrañable relato infantil que pierde toda pertinencia en cuanto su maldad inherente acaba en un lugar común sobre la bondad. O sea, sólo confirma que es un caramelo para el ojo. Y ya.