Opinión

Malabares con el terror
o somos una especie conmovedora

   
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Malabares con el terror o somos una especie conmovedora.

Lo menos que podemos decir es que los humanos somos una especie llena de contradicciones: hacemos gala de una ambición proporcional a nuestra escala ínfima; la agresividad y la candidez conviven plácidamente en nuestro cuerpo; creamos mitos de nuestra evolución, fanfarroneamos de un progreso que siempre se mide en destrucción.

“Quería demostrar que cuando seamos enterrados, nos daremos cuenta que había un lado muy conmovedor en el ser humano”, dijo Yoko Ono (Tokio,1933) cuando creaba su escultura Endangered Species (Especie en Peligro de Extinción). Sobre la banca de un parque, vemos sentada a una familia compuesta por un padre, una madre, una niña, un niño y un perro; la típica reunión feliz, si no fuera por el detalle de que sus cuerpos están calcinados. Estas personas (hechas de bronce) perecieron a raíz de un ataque atómico, sus cuerpos carbonizados parecen desenterrados por un arqueólogo del horror, y en las paredes que rodean esta pieza hay un collage hecho de proyecciones que muestra lo que pasaba por sus mentes cuando perecieron. Nosotros, los espectadores, nos encontramos en un futuro e hipotético tiempo de paz –o tal vez en otro planeta–, visitando el museo de la idiotez humana, cuya atracción principal es la última familia en haber perecido en la guerra del fin del mundo.

En 1995, Yayoi Kusama (Matsumoto, 1929) fue comisionada por el Museo de Arte Contemporáneo de la Ciudad de Hiroshima para crear un trabajo en conmemoración de las víctimas de la bomba atómica.

Produjo un tríptico de gran escala intitulado Revived Soul, en el que pintó con acrílico bandas ondulantes en blanco y negro –patrón atípico, pues en ese periodo producía piezas saturadas de color– que representan troncos calcinados, rellenos de los típicos lunares que la distinguen. Esta obra óptica nos deja sobrecogidos y perdidos frente al bosque de nosotros mismos. Ya en 1969, en plena guerra de Vietnam, Kusama produjo la pieza Carta Abierta a mi Héroe, Richard M. Nixon, en la que escribió: “Nuestra tierra es como un lunar entre miles de otros cuerpos celestes, una orbe llena de odio y de lucha, entre esferas silenciosas y serenas. Cambiemos usted y yo, y hagamos de este mundo un nuevo Edén. No se puede erradicar la violencia usando más violencia”.

Los primeros trabajos de On Kawara (Kariya, 1933) fueron pinturas figurativas de cuerpos desmembrados o deformes que reflejaban el malestar que le produjo la guerra. De pronto abrazó el conceptualismo, convirtiéndose en uno de sus mayores predicadores, y por medio siglo pintó a mano la fecha de cada día, en una tipografía sencilla sobre un fondo de color; un cuadro que destruía si no lo terminaba el mismo día.

Kawara tenía 12 años cuando 17 segundos después de las 8.15 am, el 6 de agosto de 1945, el Enola Gay soltó la bomba a una altura de 31 mil 600 pies sobre el centro de Hiroshima.

El tiempo se nos va de las manos, pero regresa; el artista replica un mismo momento. El arte es un apéndice de la memoria, y un recorrido por sus obras nos muestra una historia de la humanidad.

Otra vez la amnesia se ha apoderado de nosotros y resulta que de nuevo es divertido malabarear con el terror. Días después de que un bombardeo de drones en Siria e Irak le devolviera a Trump su buen rating, la Casa Blanca habla del fin de una era estratégica, a cuyo mensaje críptico contesta Pyongyang que una guerra termonuclear podría estallar en cualquier momento, y Beijing afirma que responderá con firmeza al despliegue de un sistema antimisiles. Para esta generación de artistas, el terror parecía algo imposible de olvidar, pero nuevamente se cierne sobre nosotros la amenaza nuclear. Hemos desarrollado un arsenal cada vez más peligroso, no sólo por el alcance de la tecnología, sino porque tendemos a amar la desaparición de las cosas, incluidos nosotros mismos.

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