Opinión

Mal (otro) presagio

 
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El INAH descubre en el área urbana de Mérida tres estructuras habitacionales mayas.

A Hugo Gutiérrez Vega
in memoriam

Uno. Distintas agravantes hacen del anuncio, sacado de la manga presidencial, de una Secretaría de Cultura, el anuncio de previsibles fracasos (salvo la no menos previsible hinchazón burocrática).

Dos. En primer término, el sistemático desdén a los asuntos culturales del gabinete federal en su conjunto. Herencia, quizá, del disque panismo de los años 2000 a 2012 (Fox desalentando la lectura, Calderón desfondando los festejos patrios de 2010).

Tres. En este campo, el de la cultura, estratégico y de seguridad nacional, el retorno del PRI a Los Pinos (Palacio Nacional, ¡Palacio Nacional!, no me canso de repetirlo, acabó en salón de fiestas), no aparejó el retorno de la Revolución Mexicana, ni en la retórica oficial ni en el aliento culturalista que la Revolución Mexicana sopló por décadas.

Cuatro. Vasconcelismo educativo (el político es otra cosa), muralismo, IPN e INAH, Ciudad Universitaria, Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos, Museo Nacional de Antropología e Historia, Museo de Arte Moderno, Munal, Conacyt (vaya, hasta Fonapas), alimentaron la tradición de un Estado mexicano cultural.

Cinco. Tradición que justifica plenamente el parecer de que, de las revoluciones mexicanas, política, agraria, obrera y cultural, la última fue la de mayor duración. Magma de la mismísima Secretaría de Educación Pública en 1921.

Seis. Por el contrario, de coyuntural, ocurrente e inconsulto debe calificarse el anuncio de la inminente erección de una Secretaría de Cultura.

Siete. Coyuntural porque en esencia responde, en vista de los recortes al presupuesto de egresos, a la racionalización del disperso (pero escaso) gasto público cultural. Ocurrente porque no responde a ninguno de los declarados objetivos del régimen. E inconsulto, porque no descansa en encuesta de opinión alguna (hablo de productores y consumidores, creadores y público). Y, para colmo, en lugar de innovar, recicla propuestas del pasado. Otro México.

Ocho. Coyuntural, ocurrente, inconsulta y ayuno de miga política el anuncio susodicho. Hete que la Industria de la Conciencia existe, autoritaria e invasiva. Y, en México, el idioma, los sentimientos y los pareceres están en manos, rehenes impotentes, de la televisión con fines de lucro.

Nueve. Por el lado de la contención de la Industria de la Conciencia electrónica privada habría que comenzar. Y no soy de la opinión, medio romántica, que bastaría con la aplicación de la ley a la que, incluso en nuestro país, están sometidas la radio y la televisión concesionadas de las ondas hertzianas. Bien nacional, público.

Diez. De poco servirá la unificación, interesada y burocrática, del INBA y Conaculta, frente a la obra nefasta de “Primero muerta que Lichita” y el “Big Brother” recalentado; o la alianza reforzada de televisoras y anunciantes con vistas a la publicidad multimedia; o la reciente dispensa de “predominancia” concedida, cual gracia monárquica, a Televisa, en el negocio “cablero.” Casi todo suyo.

Once. Tampoco se prevé una renovación profunda de los modos difusores al uso. Conciertos, temporadas teatrales de corta duración, presentaciones de libros más actos sociales que críticos, premios al tun tun, mesas redondas con proclividad a cuadradas, etcétera.

Doce. La subvencionada, selectiva, creación artística se seguirá debatiendo entre lo políticamente correcto, la rentabilidad (editorial, musical, teatral, museográfica), el influyentismo, el lugar común y la ausencia de riesgos estéticos. A las exposiciones les gana el relumbrón demagógico y, en cuanto a pedagogía cultural, la intrascendencia (si a muestras vamos, le veo menos sentido al despliegue publicitario, masivo, escenográfico, falto de retroalimentación, desnatado en cuanto al contenido, pero con Bellas Artes de escenario, de nombres inmortales de la plástica, que a las ocho láminas que en Plaza Loreto sintetizan la obra, tiempos, contexto social de Gustav Klimt, el versátil pintor, diseñador de moda, escenógrafo, muralista en el corazón de la vanguardia vienesa).

Trece. ¿Y todo para que se repitan los cuadros directivos de siempre, eternizados mejor dicho, reiterativos, caciquiles para qué negarlo, vencidos por la costumbre, apegados a los homenajes (el golpe del calendario avisa), más prejubilatorios que briosos? Malos, malos presagios.

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