Opinión

Maestro 'Pana'

  
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El Pana

Desde que vi las escalofriantes imágenes de la voltereta que te pegó aquel toro en Lerdo, supe que estas líneas llegarían tarde o temprano. Han sido muchos días de reflexionar sobre tu vida y tu misión en la fiesta de los toros.

Creo firmemente que los valores de la tauromaquia son aplicables a la vida. En este mundo estamos de paso, hay quienes dejan huella y logran un cambio por pequeño que sea en la humanidad o en su entorno; Maestro Pana, tú lo has logrado.

Tu andar por la vida y por la fiesta estuvo lleno de vicisitudes, de problemas, de injusticias. Tus orígenes fueron duros, como los de tantos mexicanos, desgraciadamente. Tomaste lo que la vida te dio e hiciste algo con ello, no te refugiaste en la injusticia, no estiraste la mano para que otros te ayudaran o te resolvieran la existencia, trabajaste de sol a sol cuando tenías edad para jugar, siendo niño te hiciste hombre y como hombre te enfocaste con orgullo en ser alguien.

Tu irrupción en el mundo de los toros fue fantástica, un refresco a la viciada fiesta de finales de los 70. Identificaste qué faltaba, te convertiste en la solución, y el pueblo (en este caso representado por el tendido en una plaza de toros) te aceptó y abrazó como ídolo. Emocionante era ver de niño tus tardes en La México, tus vestidos distintos, tu forma de lidiar con inventiva las suertes y formas de 100 años atrás, eras un libro abierto, la verdad de tu toreo la pagaste con sangre, cornadones por quedarte quieto, por intentar lo tuyo de verdad ante un toro que te robó el alma y años después la vida para entregarte la inmortalidad.

Tengo en mi mente tu imagen dando una vuelta al ruedo solemne, en tu papel, con los tendidos eufóricos y tú dándole unas mordidas estrepitosas a una telera inmensa que algún colega tuyo hizo especial, para aquella tarde en La México lanzarla a tu paso en son de triunfo.
Pasaron los años, en 1997 en mi debut como empresario, junto con tres amigos entrañables, te contratamos para torear en la tarde más importante de la Feria de Huamantla. Todo el proceso de contratación y convivencia durante la feria hoy lo tengo grabado en el corazón. Te comprometiste y le diste vida a una feria, fuiste a todos los festejos, incluyendo los ocho festivales de aficionados prácticos con entrada gratuita, donde la plaza se llenaba de tu gente, del pueblo que disfruta de esta tradición que algunos retrógradas hoy pretenden prohibir.

Tu forma de hablar, tu ingenio, los apodos que a todos indilgaste como lo hacías con aquellos sublimes trincherazos a los toros. Fuiste una persona que marcó vidas, unas para bien y otras para mal, pero nunca pasaste desapercibido.

Fuiste un hombre valiente y eso te lo admiro y respeto; valiente porque de las adversidades hiciste una vida, porque expresaste tus ideas aunque éstas te resultaran en un exilio taurino dramático que te llevó a lidiar al peor toro de tu vida, el alcohol. No te callaste por conveniencia o sumisión. Hombres con esas cualidades hay muy pocos. Fuiste un artista inconmensurable, tu alma se apoderaba del cuerpo al enfundarte el traje de luces. Encarnaste a la torería, reviviste las suertes muertas, el toro con su bravura y nobleza te permitieron convertirte en un lidiador capaz. Algunos creen que no eras buen torero, yo creo que sí. Te bastaban las muñecas para desplazar la embestida poderosa de los toros, y si el toro tenía cualidades le mostrabas la muleta como pocos, abajo y muy delante para traerlo y llorar tus penas en eternos derechazos y embelesados trincherazos. Fuiste tan buen torero que no sabías mentir, así son los artistas auténticos, y por eso tus colegas, los toreros, te respetaron y muchos te admiraron. Si te vetaron fue porque eras grande.

La vida por dura que te haya tocado te recompensó en 2007 e hiciste dos faenas que hoy todo mundo evoca. Lloré al verte torear esa tarde. No estuve en la plaza, lo hice en casa y al teléfono con mi hermano y compadre José Antonio Trueba, socio en aquella aventura empresarial huamantleca 20 años atrás; nos emocionamos al ver que el genio seguía vivo. La vida te recompensó tanto dolor y te permitió gozarte, ser el torero que soñaste aunque fuese ya demasiado tarde. Seguiste en la lidia mortal del alcohol y lo terminaste matando sin puntilla. “Olé tus cojones”, como dirías.

Te has ido y has dejado huella. La mejor lección que nos dejas, Maestro, es que el cariño y admiración hay que mostrarlos en vida, después es demasiado tarde.

Twitter: @rafaelcue

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