Opinión

Madera, leche y aviones

    
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Sin el TLCAN se espera un duro golpe al gasto de capital, indica el experto  martín Castellano. (Bloomberg)

Con sustento en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el comercio de Estados Unidos con México y Canadá se incrementó considerablemente en las dos décadas pasadas. Con una diferencia: el déficit con nuestro país es creciente mientras que con Canadá disfrutan de un superávit. Eso no ha evitado que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, trate a su vecino del norte con la misma desconsideración que nos ha dispensado a los del sur. Quizá porque su economía, como la nuestra, es muy dependiente de la suya.

Ejemplos recientes nos permiten comprobar la actitud abusiva e intransigente con la que Estados Unidos está procediendo con el país que es su primer cliente.

Desde los años ochenta los productores de madera de Estados Unidos traen una disputa con los de Canadá. Los inculpan de estar subsidiados, porque los gobiernos provinciales les cobran derechos de tala moderados en las tierras públicas. Esto ha llevado a innumerables controversias, en las que se repite el mismo ciclo: Estados Unidos aplica impuestos punitivos a las maderas canadienses; Canadá reclama y gana la mayoría de los casos; llegan a un acuerdo de compromiso.

Pero ahora Estados Unidos está llevando las cosas al extremo. En abril el secretario de Comercio, Wilbur Ross, anunció la aplicación de un arancel de hasta 24 por ciento a las maderas canadienses y en junio les asestó un impuesto antidumping de hasta 24 por ciento y además, retroactivo. Esto creó una situación de emergencia, sobre todo en la Columbia Británica, que produce la mitad de lo que se exporta.

A Ross no le importó que esas medidas implicaron que sus conciudadanos ahora tengan que pagar entre mil y siete mil dólares adicionales para construir una casa. Lo que pretende es que Canadá acepte una cuota máxima de participación en su mercado de 27 por ciento, mucho menos de lo que ahora suministra.

MILK WARS
Viejo es también el pleito con los lácteos (por ello, ni éstos ni las maderas entraron al TLCAN). Ambos países protegen a sus granjeros, tratando de estabilizar los precios. Canadá administrando la oferta: productores, distribuidores y consumidores ('el cártel de la leche') se ponen de acuerdo en un precio 'justo' y en función de ello establecen cuotas de producción y limitan las importaciones. Los precios altos benefician a los productores y perjudican a los consumidores. En cambio, Estados Unidos tiene una política de oferta ilimitada y precios bajos, lo que le deja mucha leche para exportar y castiga a los contribuyentes, porque con su dinero el gobierno cubre los precios de garantía y compra la sobreoferta.

La discordia más reciente empezó porque los canadienses impusieron un arancel de 270 por ciento a la leche ultradescremada (concentrado de alta proteína que se usa para elaborar quesos y yogur). Esto afectó gravemente a los lecheros de Wisconsin. Como fue uno de los estados que, por muy poquito, le dieron el triunfo a Trump hace un año, el presidente acusó a los canadienses de cometer prácticas desleales de comercio y los está presionando con el acceso de otros productos para que eliminen por diez años las tarifas en lácteos, de los que Estados Unidos vende a Canadá cinco veces más de lo que le compra.

VUELO LIMITADO
Por más de veinte años, invirtiendo 600 billones de dólares, Bombardier estuvo desarrollando, desde cero, dos modelos (de 100 y de 160 asientos) de un avión de pasillo único. Su sofisticada electrónica y su bajo consumo de combustible dejaban entrever que, por fin, alguien estaba retando con éxito al duopolio Boeing-Airbus. El año pasado los primeros aviones de la llamada serie C fueron vendidos a Swiss Airlines. Inmediatamente, Boeing acusó a la compañía de Quebec de beneficiarse injustamente de subsidios gubernamentales. Ellos no han hecho aviones de ese tamaño desde 2006, por lo que la explicación más plausible es que simplemente no quieren que Bombardier crezca.

En septiembre el Departamento de Comercio impuso tarifas de casi 300 por ciento a las nuevas aeronaves. Presionada en sus finanzas y avisada de que, con o sin tratado, Trump intensificará su política de Buy American, a Bombardier no le quedó de otra que traspasar la mitad del negocio de la serie C a Airbus, que cuenta con una planta en Alabama, donde puede servir al mercado estadounidense sin pagar tarifas. La empresa tuvo que vender su futuro.

No hay espacio para el optimismo. Difícilmente llegaremos a acuerdos satisfactorios con un socio tan terco y arbitrario.

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