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03/07/2018
Actualización 03/07/2018 - 10:35

En el año 2000 los mexicanos querían al PRI fuera de Los Pinos y decidieron votar por Vicente Fox para cumplirlo. En 2018 querían lo mismo y eligieron a Andrés Manuel López Obrador para ello. Al voto tradicional de AMLO, nada menos que 16 millones de ciudadanos, se sumaron entonces dos tipos de sufragios adicionales: los de priistas que leyeron a tiempo que su partido iba a fracasar, y se movieron con rapidez, y los de ciudadanos enojados con la política, que buscaban alguien de fuera para reflejar esa emoción. Entre ambos, duplicaron ese voto tradicional, y le dieron un triunfo abrumador a Morena.

Creo que es importante distinguir ambos fenómenos, aunque sea muy difícil ponerles un número exacto. El segundo grupo, los enojados, forman parte de un movimiento global, que ha optado por el Brexit, Trump, Alternativa por Alemania, Cinco Estrellas o la Liga del Norte: ideas, líderes o movimientos populistas, en el sentido relevante, es decir, que buscan eliminar las instituciones para construir una conexión directa entre el líder y la masa. Estos votantes perciben que los políticos no los entienden, y buscan a quien sí lo haga, con lo que caen en manos de quienes tienen la habilidad de conectar con ellos, haciendo uso de un discurso variado (por decirlo de alguna forma), con ribetes antisistémicos. El otro grupo, los priistas que saltaron a tiempo del barco que se hundía, son un fenómeno local, que no creo que requiera mayor explicación.

El grupo de los enojados, a nivel global, se refleja en dos vertientes producto del gran enfrentamiento cultural que se vive. De un lado están quienes defienden la forma de ver el mundo propio del siglo XX; del otro, quienes impulsan una visión diferente. Concretamente, estos últimos promueven un mundo de grupos definidos por su identidad, libertades más amplias en cuanto a preferencias, consumo y culto, mayor cercanía a la naturaleza, preeminencia de la 'experiencia' sobre la propiedad. Suelen ser jóvenes, que viven en grandes ciudades, que han tenido acceso a educación superior y muy poca referencia religiosa. Y optan por líderes de la tercera edad: Jeremy Corbyn en Gran Bretaña, Bernie Sanders en Estados Unidos, Beppe Grillo en Italia, Mélenchon en Francia, y ya saben quién por acá.

Este segundo grupo es el que estuvo en disputa por varios meses, en parte porque AMLO no tiene la visión libertaria de los otros líderes mencionados. Ricardo Anaya apostó a convertirse en el elegido de ese grupo, construyendo un discurso compatible con esos jóvenes. Sin embargo, los dos golpes recibidos durante su campaña hicieron infructuoso su esfuerzo: la salida de Margarita Zavala del PAN, que redujo en diez puntos las preferencias de arranque de la campaña de Anaya desde noviembre, y la acusación del PRI-PGR, que detuvo su crecimiento en febrero.

Desde entonces la avalancha de López Obrador empezó a tomar forma y ya no hubo argumentos que pudieran impedirla. Creo que el primero que percibió el fenómeno fue Carlos Bravo Regidor, que hace varias semanas planteó la hipótesis de que el voto útil ya había ocurrido, a favor de AMLO. Efectivamente, el voto de enojo global y el de castigo al PRI, más los tránsfugas de ese partido, le han dado a López Obrador una victoria abrumadora, de esas que casi no se ven en las democracias, en donde los triunfos suelen ocurrir por unos pocos puntos. Aquí fueron treinta, que apuntan a mayoría en el Congreso (preliminar: 70 senadores, 310 diputados).

Esta es una gran diferencia con lo ocurrido en otros países, en donde los triunfos han sido muy cerrados, e implica una gran carga de responsabilidad para el nuevo gobierno. Suerte.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.