Valores y sociedades
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Valores y sociedades

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Valores y sociedades

06/08/2018

Esta columna ha insistido desde hace algunos años en que vivimos una transformación global, de una profundidad poco común. Por lo mismo, analizarla con base en fenómenos superficiales puede llevar a conclusiones equivocadas, favorecer propuestas de solución inútiles, y producir aún más ansiedad que la transformación misma.

La base de la hipótesis que esta columna sugiere es que construimos nuestras sociedades alrededor de la manera en que nos comunicamos. Diferentes formas de comunicación favorecen u obstaculizan ciertos valores sobre los cuales se construyen los comportamientos aceptables de los miembros de la sociedad. De ahí se derivan normas, costumbres, tradiciones, reglas. Sobre ellas se definen nuestras actividades, desde nuestras relaciones diarias hasta la manera en que es válido producir, consumir y distribuir el resultado de la producción.

La sustitución de valores (y las normas, costumbres, tradiciones y reglas que de ahí derivan) ocurre cuando la sociedad pone en duda los que han estado vigentes. Esta duda ocurre, sigue nuestra hipótesis, cuando una nueva forma de comunicación se combina con un momento de estupor, con un fenómeno que hace dudar de la manera en que la sociedad ha funcionado hasta entonces. Esta transformación consiste en la síntesis de la disputa ideológica (de valores) del periodo previo. El avance de estos valores sintéticos ocurre en un entorno de miedo e irracionalidad, porque se trata de una ruptura profunda con el pasado. En el tiempo, aparecen valores enfrentados a ellos, con un carácter más racional, que paulatinamente van ganando terreno, hasta convertirse en hegemónicos, pero en disputa permanente con los sintéticos. Hasta que una nueva forma de comunicarnos, y un momento de estupor, reinician el proceso.

El ejemplo más sencillo, me parece, es el que ocurre en el siglo XVI, porque aparece en un espacio limitado: Europa. La aparición de la imprenta, sumada al descubrimiento de América como un continente nuevo, transforman por completo la sociedad europea. América es un evento extraordinario: un continente desconocido, que pone en duda el eje sobre el que funcionaba la sociedad europea, que era la Biblia y la interpretación de la misma por la Iglesia Católica. Gracias a la imprenta, el enfrentamiento con la Iglesia iniciado por Lutero es exitoso (a diferencia de muchos otros intentos previos). El valor fundamental, la síntesis, es la fe. Ya no la interpretación teológica, sino la fe en sí misma, que es algo sentimental e irracional. El proceso de crecimiento de esta nueva forma de entender la sociedad se acompaña de gran violencia.

Sin embargo, poner en duda la razón teológica previa también permite construir una nueva racionalidad, y perdón por repetir tanto la palabra, basada en la razón misma. Eso es lo que hace Descartes primero, pero que llevan a su cúspide Spinoza y Locke. Ese proceso es lo que conocemos como Ilustración: la respuesta racional a la sociedad construida en la fe en dios. La idea de la razón individual se convierte en la base del primer liberalismo, y del éxito económico de Países Bajos, y luego de Inglaterra. La aparición de los periódicos, al sumarse al terremoto de Lisboa (1755), provocan el nuevo momento de síntesis, y de reconstrucción de la sociedad. El valor sintético es la prevalencia de la Naturaleza, por encima de la fe en dios y de la razón individual. Y nuevamente entramos en tiempos violentos, plagados de sentimientos y sinrazones. Esa época la llamamos Romanticismo.

Lo que ocurre en el mundo hoy, siguiendo la hipótesis planteada, es exactamente lo mismo. Una nueva tecnología de comunicación, las redes sociales, se suma a un momento de estupor, la Gran Recesión, para poner en duda lo que antes era el eje de la sociedad. Por eso la abundancia de sentimientos, miedo e irracionalidad que usted ve a su alrededor. Mañana lo platicamos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.