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14/06/2018

El tercer debate resultó muy importante, al menos en lo que a López Obrador se refiere. El manto de pureza que había logrado mantener por muchos meses le fue arrebatado por sus dos contrincantes. Por un lado, Anaya nos informó de una razón por la cual el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México no le gusta a Andrés Manuel: porque el ingeniero Rioboó, su constructor preferido, concursó para construir una pista y no la obtuvo. El mismo Rioboó al que AMLO le otorgó contratos por 170 millones de pesos sin licitar. Por el otro lado, Meade afirmó que si Odebrecht le molestaba tanto a López Obrador, entonces no era lógico que su socio en México, el ingeniero Jiménez Espriú, fuese su nominado para la secretaría de Comunicaciones y Transportes.

Ambas afirmaciones fueron verificadas en el transcurso del miércoles, y son ciertas. Efectivamente hubo contratos por adjudicación directa a Rioboó por esa cantidad, además de varios otros que le fueron asignados de la misma forma en el gobierno de Marcelo Ebrard, y en gobiernos en Tabasco. Y también es cierto que Jiménez Espriú es consejero en empresas asociadas con Odebrecht en sus actividades en México. Es decir, se confirma que la honestidad de López Obrador no se difunde entre sus colaboradores, ni es a toda prueba. Ya lo hemos comentado en otras ocasiones, AMLO es honesto en la definición de los políticos mexicanos: no toma dinero para él, pero no le hace ascos al uso político de los recursos públicos. Así ganó la jefatura de gobierno del DF en 2000, con el apoyo de Rosario Robles desde ese mismo puesto.

En pocas palabras, lo que Anaya y Meade demostraron en muy pocos minutos es que la base principal de la campaña de López Obrador, la honestidad y la lucha contra la corrupción, es muy poco sólida. Si estas acusaciones las hubiesen hecho en el primer debate, es muy probable que hoy estuviésemos en una situación totalmente diferente en las preferencias de los votantes. Hoy, faltando dos semanas, que coinciden con el Mundial de Futbol, no estoy seguro de que esto ocurra.

Sin embargo, si le quita usted a López Obrador la garantía de honestidad que tanto pregonó, no queda mucho. O más bien, quedan puros temas negativos: ignorancia en cuestión económica, visión asistencialista en materia social, o una situación aún peor en otros temas. También en este debate quedó claro que lo que le interesa es el control corporativo: echará atrás la reforma educativa porque dice que fue sólo laboral, pero en realidad quiere decir que lo hará por su alianza con Elba Esther y los viejos líderes sindicales; anunció ya su nominado a Hacienda que no habrá más licitaciones en materia energética, creo que también porque busca atraer al sindicato petrolero. Y obviamente, para eso le dio la candidatura a Napoleón Gómez Urrutia, para hacerlo con el sindicato minero. En suma, se trata de la restauración del viejo PRI, como tantas veces lo hemos dicho, sin ninguna garantía de que habrá honestidad.

Por ello, por tercera y última vez insisto: es Anaya. Aunque José Antonio Meade tiene un conocimiento evidente de la economía nacional, no veo cómo el PRI puede ganar una elección presidencial en este momento. Anaya, sin esos conocimientos, me parece que ha mostrado una capacidad política notable, además de haber sido el mejor en los tres debates. Tiene detrás una coalición que no se ha consolidado, pero eso es una ventaja: no podrá tener un poder excesivo, a diferencia de lo que podría construir AMLO en este momento. No creo que haya duda alguna: es Anaya.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.