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12/12/2017
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Continúa el arribo de peregrinos a la Basílica de Guadalupe para festejar el 485 aniversario de la aparición de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego en el cerro del Tepeyac. (Cuartoscuro)
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Peter Richerson y Robert Boyd son los dos investigadores más importantes en el tema de la cultura a través de la historia humana. En un puñado de libros, publicados durante los últimos veinte años, han propuesto y defendido su idea: la cultura es fundamental para entender a las sociedades humanas. Aunque esto puede sonar a una línea de investigación obvia, no lo es. Por un lado, enfrentan a los “sicólogos evolutivos”, que afirman que prácticamente todos los comportamientos humanos están determinados por los genes. Por el otro, a los materialistas de las ciencias sociales (casi todos), que sostienen que esos mismos comportamientos son respuestas a condiciones económicas e incentivos (instituciones, en su versión más reciente). La propuesta de Boyd y Richerson es diferente: las normas sociales, que pueden tener alguna relación con las características materiales y las restricciones genéticas, tienen vida propia y condicionan el comportamiento de la sociedad y de sus integrantes.

Boyd, en su más reciente libro, Un diferente tipo de animal (Princeton, 2018), se refiere al trabajo de una de sus más destacadas alumnas, Sarah Mathew, que en un artículo de 2015 con Charles Perreault analiza el comportamiento de 172 pequeñas sociedades de Norteamérica para tratar de discernir si las variantes entre ellas tienen que ver con las características del ambiente en que viven o si el impacto de la cultura aprendida es mayor. Encuentran que éste es típicamente mayor que aquél, de forma que el comportamiento humano no está determinado por las respuestas adaptativas de una generación, sino por lo que las anteriores le han enseñado.

Más aún, siguiendo las familias de los lenguajes hablados por esas pequeñas comunidades, Mathew y Perreault pueden mostrar que el impacto de la cultura es significativo, incluso mil años después. Leyó usted bien: mil años después. El comportamiento que usted tiene responde más a lo que sus antepasados hacían hace mil años que a lo que usted puede enfrentar en esta sociedad del siglo XXI.

Visto así, los resultados que aparecen en la Encuesta Mundial de Valores, y ejercicios similares, que agrupan a diferentes naciones casi siguiendo sus familias de lenguajes, tienen mucho más sentido: el individualismo libertario de los sajones, la solidaridad y estabilidad de los nórdicos, la fortaleza de los estados asiáticos, la proclividad religiosa mediterránea. Las dificultades que tenemos con la democracia, por ejemplo, son más lógicas bajo esta óptica. Puesto que en América Latina nos cuesta trabajo el individualismo, la democracia no es fácil de consolidar. En cambio, la tendencia hacia el colectivismo, o en sus versiones más recientes: clientelismo, corporativismo y populismo, nos es más natural.

Tal vez por ello no le costó trabajo al Imperio Español sustituir una cultura autoritaria, violenta y profundamente religiosa. Y tal vez por ello la brillantez del régimen construido por Lázaro Cárdenas, que recupera la estructura de la época Habsburgo con otros nombres. Es eso que ahora llaman “cultura priista”, para que le sea más fácil identificarlo.

Nada es eterno. Las sociedades cambian, aunque todavía no entendamos exactamente cómo. Pero no se trata simplemente de querer cambiar, o de promover desde un pequeño grupo ideas que suenen mejor. Ni puede lograrse en una generación. Mientras que unos desesperan viendo cómo no podemos derrotar la corrupción, otros hacen notar que se trata del comportamiento tradicional de prácticamente la sociedad entera. Mientras unos mostramos las grandes virtudes del Estado de derecho, la realidad nos muestra que nuestra sociedad no sabe, ni quiere, cumplir la ley.

Hoy que se celebra la Virgen de Guadalupe, o más bien, Tonantzin, pensé que era buena idea compartirle estas ideas. Podemos cambiar, pero no demasiado rápido ni yendo en contra de una cultura milenaria.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.