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Tiempo libre

16/03/2018
Actualización 16/03/2018 - 13:53

Muchas personas tienen dudas acerca de si hoy vivimos mejor que en cualquier época anterior, o no. Las dudas resultan de la ignorancia, pero eso es algo fácil de remediar. Ya le he recomendado en varias ocasiones la página ourworldindata.org, y varios libros. Quisiera ahora comentar acerca de algo que indica muy bien cuánto hemos mejorado: el tiempo libre. No es fácil para generaciones actuales imaginar lo que implicaba mantener funcionando una casa hace apenas unas pocas décadas: había que lavar la ropa a mano, pero también repararla; había que preparar buena parte de la comida que hoy puede comprarse, incluyendo matar y limpiar los animales. Por si fuera poco, había que trabajar jornadas mucho más largas que las actuales para conseguir dinero. Era muy normal trabajar diez horas diarias, incluyendo el sábado, hace no demasiado tiempo.

Hice las cuentas, y una persona en los países europeos, a mediados del siglo XIX, tenía seis horas libres a la semana para dedicarlas a lo que gustara. Seis horas que apenas alcanzaban para leer un poco, tal vez media hora al día, e ir a misa el domingo. Hoy, una persona que vive en esos países tiene cerca de 40 horas libres a la semana, para usar en lo que le guste. En México, son 30 horas disponibles a la semana. La abundancia de tiempo libre ha permitido que actividades que antes no tenían mucho éxito, sean hoy prácticamente indispensables, porque en el tiempo libre los seres humanos sólo pueden hacer dos cosas: entretenerse y comunicarse. El auge de la televisión en la segunda mitad del siglo XX, y de las redes sociales en estos años, se explica precisamente porque no hay nada que hacer. Lo mismo ocurre con el turismo, cuyo incremento ha permitido una reducción en las tarifas aéreas de 90 por ciento en los últimos 50 años, duplicando los desplazamientos y triplicando el gasto turístico en el mundo.

Tienen tanto tiempo disponible, que por eso pueden quejarse de cuán mal está el mundo. No es que no lo hicieran antes, es un deporte antiquísimo. Puesto que los seres humanos evolucionamos evadiendo amenazas, eso es lo que percibimos. No vemos oportunidades, pero nos imaginamos tragedias con gran facilidad. Hoy, además, las podemos compartir con otros a través de las redes, y con ello construir un ambiente de tragedia que, imagino, debe ser profundamente satisfactorio, porque se regodean en ello.

Desde hace 15 mil años, cuando empezamos a vivir en grupos grandes, nunca habíamos logrado recuperar la abundancia de tiempo libre que ahora tenemos. Y no parece que nos demos cuenta de la riqueza que eso implica. Al final, no hay nada más valioso que el tiempo, que es lo único que, sin ninguna duda, deja de existir. Lo demás, puede comprarse, a veces barato, a veces no tanto. El tiempo es el único recurso claramente limitado, por lo que contar con una dotación adicional debería considerarse como el máximo incremento en bienestar imaginable.

Pero eso supondría que sabemos qué hacer con esa riqueza que de pronto nos ha llegado. Entretenernos aprendiendo nuevos lenguajes (musical, idiomas, matemáticas, programación); comunicarnos con otros de quienes podemos aprender (en libros, películas, series, redes). Convertir ese tiempo adicional en fuente de riqueza, no sólo material, sino personal, o como dicen, espiritual.

El avance tecnológico ha permitido que dispongamos hoy de nuestro tiempo como hacía miles de años no lo hacíamos. En lugar de disfrutarlo, preferimos dedicar esas cinco o seis horas diarias disponibles a quejarnos de cómo hoy se vive peor, y de cómo la automatización provocará que haya menos trabajo, es decir, que trabajemos aún menos. Que mil generaciones pasadas nos perdonen.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.