Terminar con la corrupción… o la democracia
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Terminar con la corrupción… o la democracia

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Terminar con la corrupción… o la democracia

21/06/2018
Actualización 21/06/2018 - 9:56

El signo de los tiempos es el enojo. A nivel global, dicen algunos, esto es resultado de la creciente desigualdad económica, aunque ese fenómeno es mucho menos extendido de lo que suponen, pero como estamos acostumbrados a buscar explicación económica de todo lo que ocurre en la sociedad (ya sabe: la estructura económica determina la superestructura, y cuentos similares), pues así creen. En opinión de esta columna, ya explicada en otras ocasiones, este enojo proviene de otra parte, del profundo cambio en la forma de pensar que resulta de una tecnología de comunicación distinta. Pero no importa mucho el origen: el enojo es palpable.

Este enojo, en México, se refleja en un fuerte rechazo al PRI, que gobernó durante casi todo el siglo XX y en este último sexenio. El régimen que creó a ese partido fue un régimen autoritario, corporativo, en el que buena parte del poder se concentraba en una sola persona, y en donde todos los conflictos se resolvían negociando: se intercambian favores o dinero. Eso es corrupción. Es decir que la esencia misma del viejo régimen era la corrupción, que hoy se considera la causa de todos los males (cuando hace muy poco tiempo era la fuente de la paz).

Otra vez, esta columna tiene una perspectiva diferente. En mi opinión, la causa de los problemas no es la corrupción en sí, sino la impunidad. En el viejo régimen, los intercambios eran garantizados por una estructura de poder autoritaria, de forma que el incumplimiento de los compromisos era castigado. Sin duda había reglas diferentes para distintos grupos, privilegios, justicia y gracia, pero no había impunidad. El tránsito a la democracia, que descentralizó el poder, no produjo ni reglas nuevas ni las instituciones adecuadas para hacerlas cumplir. Los mexicanos no aprendimos a castigar a quien rompe las reglas, porque en el siglo XX esas reglas eran tácitas y sujetas al poder político, y no construimos los instrumentos para ello: ni tenemos fuerza pública con el tamaño y la calificación requeridas, ni jueces para tomar decisiones, ni lugares para castigar o readaptar a quien daña a la sociedad.

La promesa de terminar con la corrupción que ha hecho López Obrador no consiste en resolver estos problemas, sino en regresar a la situación previa. Dicho más claramente: su oferta es que volvamos a tener un régimen político centrado en una sola persona, que será quien determine si los acuerdos se cumplen o no, y en su caso castigará a los infractores. Así, nos dice, terminará la corrupción porque el árbitro será un hombre honesto, es decir, él mismo. Por eso la corrupción que hubo en la Ciudad de México cuando él fue jefe de Gobierno no puede usarse como evidencia en su contra, porque no era él el árbitro supremo, sino el presidente Fox. Y por eso tampoco importa que hoy se haya rodeado de un tropel de rateros y malversadores, porque ya en el poder, él será capaz de arbitrar las disputas.

Quisiera insistir en que tanto la corrupción como la inseguridad y la violencia son resultado de la ausencia de reglas claras y la inexistencia de instrumentos para aplicarlas. En democracia, eso es indispensable. En un régimen autoritario, la personalidad del líder puede llegar a importar, pero no en democracia, en donde las instituciones son las relevantes. En consecuencia, lo que López Obrador ofrece no es terminar con la impunidad, sino con la democracia. Tal vez lo haga convencido de que está haciendo bien, porque en su imaginación México sólo puede ser exitoso repitiendo lo que él vio de joven. Tal vez, pero eso es exactamente lo que está ofreciendo, y eso es lo que estarán ustedes eligiendo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.