Sueldos
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Sueldos

23/07/2018
Actualización 23/07/2018 - 10:04

Una de las medidas anunciadas por el nuevo gobierno es la reducción de sueldos de funcionarios públicos de alto nivel. Sus seguidores han aplaudido y sus detractores se preocupan. Ambos tienen razón, en parte.

Los sueldos de los funcionarios públicos en México no son nada espectacular, a la luz de niveles similares en países que pueden realmente compararse. Es claro que si los quiere uno equiparar con el salario mínimo, o incluso con el salario promedio en México, un funcionario gana mucho. Pero si la comparación es con un trabajo parecido en el sector privado en nuestro país, o con el sector público en economías similares, no hay tanta diferencia y, en muchas ocasiones, va en contra de nosotros.

No tengo duda de que hay una cantidad de prestaciones innecesarias y ostentosas que deberían dejar de existir. Desde la multitud de asistentes, el tamaño de las oficinas, pasando por gastos de representación y oficina, y llegando a guaruras y automóviles, el exceso es evidente. Todo ello debería reducirse a un mínimo aceptable de eficiencia: oficinas decorosas, dos o tres personas en la oficina, ningún guarura, auto razonable con chofer y nada más. Menos de eso provocará ineficiencia en el trabajo del funcionario; más, es sólo competencia de imagen, que no ayuda a nadie.

Pero el tema del sueldo es un asunto diferente. Y para entenderlo, hay que asomarse a uno de los grandes problemas nacionales que, de alguna manera, semblantea Santiago Levy en su reciente libro (que platicaremos con algo de detalle en otra ocasión): la mala asignación de un recurso muy escaso, el capital humano.

Los jóvenes mexicanos, al terminar la educación básica, están en promedio en el segundo lugar de América Latina. Tanto en lengua, como en matemáticas y ciencias, sólo se encuentran por debajo de Chile y Uruguay, que están empatados en primer lugar. Después de México, aparecen Costa Rica, Colombia, Argentina, Brasil, Perú y los demás. En el resultado promedio, somos los segundos mejores. Sin embargo, cuando vemos la proporción de jóvenes en nivel de excelencia, en esa misma prueba, resulta que somos casi los peores de América Latina (sólo arriba de República Dominicana).

Esto significa que los mexicanos son una mano de obra de gran nivel, siempre y cuando se trate de asuntos sencillos: ensamblar autos, aviones, televisiones o computadoras, lo podemos hacer igual que el mejor del mundo. Competimos con China, sin problema, en ese nivel, o con quien sea. Pero es un nivel que no permite ingresos muy elevados. Alcanza para 40, tal vez 50 dólares PPP al día (400-500 pesos diarios, 12-15 mil pesos al mes). Mover a México por encima de ese nivel de ingreso exige tener no tres de cada mil en nivel de excelencia, como hoy tenemos, sino 15, como tiene Brasil, o 200 como tienen Japón y Corea.

Este es un problema mayúsculo que es raro que se discuta de manera abierta, pero que todas las grandes empresas conocen de primera mano. No sufren para conseguir mano de obra de buen nivel, siempre y cuando sea para ensamblar. Pero para encontrar directivos, el asunto es totalmente diferente. Tanto, que abundan los extranjeros en esos niveles. Y no porque las empresas quieran, sino simplemente porque aquí no hay, no alcanzan.

En el nivel directivo, competimos con el mundo entero, con sueldos que no tienen nada que ver con el ingreso promedio del resto de los mexicanos. No se enoje conmigo, que sólo se lo digo. Enójese con un sistema educativo que produce mano de obra de recambio, porque así fue diseñado hace 80 años. Si quiere otra cosa, es eso lo que tenemos que cambiar, no el pago a los funcionarios.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.