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Suecia

10/09/2018

Ayer hubo elecciones en Suecia. Se había hablado de que los “Demócratas Suecos”, que en realidad son un partido xenófobo, podría ganar la elección, pero no fue así. La socialdemocracia volvió a quedar en primer lugar, aunque no llegó al 30 por ciento de los votos. Esto es importante porque desde 1918 no habían quedado debajo de ese nivel. De hecho, la mayor parte del siglo XX, la socialdemocracia ganaba 40-45 por ciento del voto, y por eso Suecia tomó la fama de ser una especie de país socialista. No era así, pero sin duda los socialdemócratas tenían una gran fuerza.

La oposición a la socialdemocracia ha sido, por mucho tiempo, una alianza de moderados, centristas, liberales y democratacristianos, más o menos en ese orden. Según las encuestas de salida, entre los cuatro partidos suman poco más de 40 por ciento del voto, más o menos lo mismo que la coalición de izquierda encabezada por los socialdemócratas. En la semana sabremos quién gobernará ese país.

Los demócratas suecos, un partido de “extrema derecha” como se suele decir, similar a los que han crecido en buena parte de Europa, aunque no obtuvo la cantidad de votos que muchos suponían, se coloca como segunda fuerza a nivel partidario. Como ocurrió en Holanda hace un año, no les alcanza para gobernar, y a pesar de alcanzar presencia mediática, les falta organización.

Nuevamente, hay un corte por edad que reitera lo que hemos visto en otras partes. Los mayores de 40 años votan mucho más por estos partidos que prometen defender la esencia del país. Así ocurrió con el Brexit y con Trump, y así también ocurrió en Francia o Italia. También en la semana espero que tengamos información acerca del corte por nivel educativo o ingreso, para saber si coincide con lo visto en las otras elecciones.

De cualquier forma, lo que vemos es una tendencia muy marcada hacia los extremos. Los jóvenes hacia la extrema izquierda, los mayores, hacia la extrema derecha, dejando el centro vacío. Por eso la gran caída del voto de los socialdemócratas en Suecia (y en todo el continente europeo), y por eso el avance de candidatos extremos en Estados Unidos, donde el sistema bipartidista no da mucha flexibilidad. Sin duda nos quejamos de Trump, pero del otro lado, Bernie Sanders, Elizabeth Warren, o la joven Ocasio-Cortez, no se quedan lejos, o como decimos acá, no cantan mal las rancheras.

Precisamente por eso, el fin anticipado de la presidencia de Trump no parece que pudiese cambiar el fenómeno global. El deterioro que vemos en todo

Occidente parece superior a cualquier persona. No tengo duda de que hay individuos que elevan significativamente los costos, y es el caso de Trump, pero todo parece indicar que lo que vemos desde hace un par de años en Occidente no se limita a personas, sino que resulta de una transformación en la manera de pensar de la población en su conjunto.

En un entorno de angustia, los grupos intentan defenderse. Por eso se cierran a admitir a otros, o incluso a comprarles. Esa angustia exige respuestas rápidas, con poca información, reacciones a bote pronto. La racionalidad sufre, se rechaza el análisis, la ciencia, el conocimiento mismo. Y eso pasa lo mismo en el Mediterráneo que en el Báltico, o el Golfo de México. Los líderes que saben hablarle a esos grupos van ganando terreno, ampliando la angustia y el rechazo al otro.

Estos tiempos nos han tocado, y parece que seguirán por un rato.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.