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07/11/2018

Hace una semana, al cierre de octubre, el peso alcanzó 20.30 por dólar, y el Bono a 10 años del gobierno mexicano, 8.85 por ciento, en tasa anual. En los días anteriores, como usted sabe, el presidente electo anunció que Pemex dejaría de exportar petróleo y la cancelación de la obra del aeropuerto en Texcoco. La suma de estos anuncios fue un golpe serio a la riqueza de los mexicanos, aunque muchos de ellos se hayan alegrado.

Según mis cálculos, en los que elimino el efecto del fortalecimiento o debilidad global del dólar, el costo de Donald Trump ha sido de entre uno y dos pesos por dólar, dependiendo de la virulencia de los ataques en contra de nuestro país. Durante septiembre, que no hubo mayor violencia, e incluso octubre, ese efecto debe haber rondado un peso, de forma que todo el movimiento adicional es posible adjudicarlo a las decisiones de nuestro gobierno, que hoy se concentra en una sola persona: el presidente electo.

Durante los pocos días que lleva noviembre, el peso se ha recuperado frente al dólar, la Bolsa mexicana ha revertido parte de su caída y la tasa del Bono a 10 años ha bajado (aunque sigue 100 puntos base por encima del cierre de junio). Esto podría hacer pensar a muchos que la respuesta de los mercados en la semana pasada fue un exceso, y que ya se están acostumbrando, como también el presidente electo ha sugerido. Sin embargo, los datos no indican eso.

En estos días de noviembre, todas las monedas se han fortalecido frente al dólar, no sólo el peso, de forma que la distancia entre el valor que debería tener nuestra moneda (según la tendencia de la década previa a Trump), habría sido 17.67 el día de ayer. Sin embargo, cerramos en 19.83 (uso los datos de UBC-Sauder School of Business). La distancia son 2.16 pesos, lo que sigue dejando el costo AMLO en 1.16, frente a un peso de Trump. Tal vez esto cambie en los próximos días, dependiendo del resultado de la elección de ayer en el país vecino, que puede llevar a Trump a usarnos otra vez de amenaza para encaminarse a su reelección. Pero eso sólo significaría una competencia por ver quién nos sale más caro, si Trump o AMLO, pero no nos llevaría por un proceso de recuperación de la moneda.

Aunque llevamos pocos días de la costosa decisión del aeropuerto (por la pérdida de confianza y la dirección que muestra, más que por la inversión en sí misma, que no es despreciable), y podría uno imaginar que las cosas se han tranquilizado, las decisiones de los inversionistas no confirman esa idea. López Obrador se ha reunido con los constructores del NAIM y ha anunciado que no hay problema, porque les conseguirá obras en otros lugares (la imaginaria Santa Lucía, ampliaciones en el actual aeropuerto). Pero eso sólo confirma que no ha entendido lo que hizo. Para él, según parece, todo el problema era de contratos de obra pública, y por eso piensa compensar a los damnificados. Pero el aeropuerto no era eso: era un proyecto que apuntaba al futuro, a contar con capacidad de sobra para atraer turismo, negocios, proveeduría, que ahora no podrá llegar jamás. La apuesta no era por unos pesos más o menos del gobierno, como parece que AMLO piensa, sino por un país competitivo.

Precisamente por eso, los inversionistas están optando por considerar otras naciones. Si los próximos seis, 12 o 18 años van a ser de ocurrencias y negocitos de obra pública, no hay lugar para ellos. Lo puede haber para Riobóo, Espriú o algún otro cuentachiles nacional, no para fondos de inversión globales. Pues eso.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.