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03/12/2018
Actualización 03/12/2018 - 10:31

Ha iniciado formalmente el sexenio de López Obrador, aunque ya lo había hecho desde septiembre, gracias a la decisión de los votantes de destruir el sistema de partidos y entregar todo el poder a una sola persona. En parte por eso Peña Nieto desapareció del mapa con tanta antelación.

El discurso de toma de posesión de López Obrador confirma lo que hemos escrito desde hace tantos años. No es un político pragmático, ni interesado en conciliar. Es un populista (en los tres sentidos de la palabra), enamorado de polarizar, con una fijación en el pasado. Describió la base narrativa que lo ha acompañado: todo es culpa del neoliberalismo, que es además la fuente de la corrupción. México fue paradisiaco hasta los años setenta, y todavía en esa década, aunque en ella ya hubo desequilibrios financieros.

Refrendó sus decisiones previas: no habrá aeropuerto en Texcoco, ni reforma educativa; sí se construirá el Tren Maya, el transístmico, la refinería; se duplican pensiones a adultos mayores y se crean becas para millones de jóvenes; se crea zona libre en la frontera, con precios de energéticos más baratos, menos impuestos y el doble de salario. Será constitucional el derecho al bienestar.

Entiendo que millones de mexicanos, que no tienen tiempo para revisar cuentas públicas, estudiar historia o conocer el resto del mundo (ahora que internet lo permite), crean que ese discurso inicia una etapa de desarrollo para el país. Lamento que otros, que han tenido más oportunidades, sigan seducidos por el demagogo. No debería sorprender, con la caricatura de historia que se aprende en primaria y además, como dice la prueba PISA, apenas tres de cada mil jóvenes mexicanos alcanzan excelencia a los 15 años.

Por si no hubiese quedado claro, el discurso de López Obrador enfatizó dos temas. Uno es el fin de la democracia. No puede entenderse de otra forma su admiración por esa etapa autoritaria de México, ni su insistencia en que ahora sí ya no habrá fraudes (que no existieron, a nivel federal, desde 1997 y hasta 2018). Súmele que los únicos elogios en el discurso fueron para las Fuerzas Armadas, y en abundancia.

El otro tema es el fin de la modernización del país. En su forma de ver el mundo, hay que ser autosuficientes en energía y alimentación, pero sin fracking ni transgénicos; hay que impulsar el desarrollo desde el gobierno; hay que revertir las privatizaciones que tanta corrupción causaron (en su percepción): energía, telecomunicaciones, ferrocarriles, y una larga lista.

Como es normal, habrá muchas personas que crean que esto puede funcionar. Así ha ocurrido por siglos, en todo el planeta. Siempre han terminado en tragedias, no sólo económicas, sino humanas. Pero de ahí vinieron sus invitados: Corea del Norte, Cuba, Venezuela. El argumento principal de defensa de estas ideas es siempre la insuficiencia de la libertad y el mercado, a lo que se contrapone la utopía, no otra realidad.

Al menos dos terceras partes de los mexicanos creen que empezamos una mejor época para el país. La mitad de ellos, lo cree religiosamente, y no es metáfora. Quienes estamos convencidos de que hemos iniciado el tránsito al precipicio somos franca minoría, y además detestable. Más, cuando el mismo presidente nos ha calificado de conservadores, enemigos del pueblo.

El triunfo en las elecciones otorga atribuciones y responsabilidades a legisladores y gobernantes. No poder absoluto, inmunidad o santidad. Merecen respeto, pero no sumisión. No existe razón alguna para permitirles ampliar sus atribuciones o reducir sus responsabilidades. Merecen lo que ganaron, no hay duda. Resistir es impedir que amplíen ese triunfo a partir del poder.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.