Resistencia política
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Resistencia política

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Resistencia política

05/12/2018

El 1 de julio, los votantes entregaron prácticamente todo el poder político del país a una sola persona. Como suele ocurrir en las democracias, el “mandato” del voto no es claro. La mitad de quienes eligieron a López Obrador parecería que le apoyan en cualquier dirección que él decida, han sido fieles seguidores por décadas y todo indica que trascienden la política, son un culto.

La otra mitad, sin embargo, se sumó durante la campaña. Todavía en febrero no era claro que terminaran votando por él, pero después de los ataques de Peña Nieto y su PGR a Anaya, se decidieron. Esos 14 o 15 millones de votantes querían que la segunda oportunidad del PRI llegara a su fin, más que enojados con la creciente inseguridad y corrupción rampante. Quién les ayudara en ese fin, no parecía importarles tanto.

Si esta interpretación de la elección es correcta, entonces los límites políticos de López Obrador son bastante más reducidos de lo que indicaron los resultados de julio. Sin embargo, el poder real quedó en sus manos, a través de una mayoría abrumadora en las cámaras federales y los congresos locales. Por eso, podría legitimarse en los hechos, y convertir ese voto de rechazo al PRI en un voto de apoyo a Morena. De eso tratan estos tres años previos a la “revocación” de mandato. Luis Carlos Ugalde ya ha enfatizado el carácter autoritario de esa propuesta.

El núcleo geográfico de la resistencia política es una franja de estados en los que Morena no logró ganar las senadurías: Jalisco, Guanajuato, Aguascalientes, Querétaro, San Luis Potosí, Nuevo León y Tamaulipas, a los que hay que sumar, del otro lado del Golfo, a Yucatán. Los gobernadores de esos estados pueden defenderse del poder central, porque ahí Morena no controla todo. Tal vez podrían sumarse Durango, Zacatecas y Coahuila a esa lista, pero creo que es todo. No es sorpresa que todas esas entidades estén al norte del paralelo 20, la parte de México que ha funcionado bien durante los últimos 25 años. Aunque en casi todas esas entidades la elección presidencial haya ido a favor de López Obrador, la paciencia de los votantes será menor, especialmente si la economía se complica.

Al sur de ese paralelo, creo que es evidente el control político de López Obrador y la clara voluntad de la población a seguirlo en cualquier dirección. Eso incluye, claro, Ciudad y Estado de México, la mayor concentración de población y PIB del país, y el mayor desastre urbano. Por cierto, sigo pensando que la mejor imagen de lo que será el país con el gobierno de López Obrador es el pavimento de la ciudad que han gobernado sus aliados por dos décadas.

Si se quiere construir un movimiento político opositor a López Obrador, como sería deseable para la salud de la democracia, es entonces en la franja mencionada donde se debe trabajar. Primero, reconociendo que los votos por AMLO en esa región son respuesta a inseguridad y corrupción. Segundo, asumiendo que en esa zona sí se quiere continuar con la modernización del país, precisamente porque ahí han ocurrido sus mayores éxitos. Tercero, ofreciendo una calidad que Morena no pueda equiparar: evitar populistas, familiares, arribistas, que ya empezaban a hacerse demasiado frecuentes.

En los estados mencionados hay presencia de distintos partidos. En orden de importancia: PAN, PRI, MC. Ignoro si deberían seguir bajo esas siglas, conformar un frente amplio, lanzar nuevas opciones. Pero creo que tanto la región como los tres elementos descritos, son la base de cualquier resistencia política que quiera tener éxito.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.