Reglas y riqueza
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Reglas y riqueza

20/03/2018
Actualización 20/03/2018 - 14:58

Cuando se habla de tecnología, prácticamente todos pensamos en aparatos. Antes se pensaba en maquinaria, ahora en electrónica. Alguno incluso pensará ya en bioquímica. Pero la tecnología, más que ser un asunto de aparatos, es un asunto de procedimientos. Precisamente por eso, incorporar aparatos sofisticados en sistemas construidos bajo procedimientos ineficaces no da resultado.

Un ejemplo. Las computadoras de escritorio aparecieron a mediados de los años ochenta, y multitud de pequeñas empresas las adquirieron, con la esperanza de que eso las hiciera más competitivas, sólo para encontrarse con que requerían ahora personal adicional para manejar el equipo, sin que ello agregara mucho a su productividad. Conforme fueron adaptando sus procedimientos para incorporar realmente la computadora, los resultados cambiaron, y efectivamente obtuvieron beneficios. A treinta años de distancia, los procedimientos dependen ahora de las computadoras. El cambio tecnológico ha ocurrido.

Este ejemplo permite además comprender una idea económica poco difundida, pero que me parece de la mayor importancia. Se conoce como la hipótesis de las Tecnologías de Aplicación General, y sostiene que cuando hay una innovación tecnológica que afecta a toda la economía, el resultado inmediato no es una mejora en la productividad, sino al contrario: una caída en la misma, acompañada de una mayor desigualdad en el ingreso y relocalización de empresas. Cuando esa innovación se incorpora en los procedimientos, entonces viene un gran crecimiento económico, con reducción de desigualdad y consolidación de empresas.

Me parece que estamos justamente en ese proceso a nivel global, incorporando las nuevas tecnologías, a un ritmo muy acelerado. Los ciclos de innovación no son como los previos: el uso de maquinaria inició hacia 1780, provocó muchos problemas hacia 1850, y después un crecimiento espectacular. La llegada de la electricidad y el motor de combustión interna, a fines del siglo XIX, dio resultados hacia 1950. Ahora, en lugar de esperar 90 o 60 años, las computadoras lo han hecho en 30, y los grandes cambios de inicios del siglo XXI (telecom, redes) lo hacen aún más rápido.

Pero eso es en el mundo civilizado. Por acá las cosas no funcionan igual. Estoy convencido de que nuestro problema es precisamente de procedimientos. Si no hemos sido capaces de construir reglas elementales para la convivencia, y aplicarlas sin distingo, mucho menos podemos establecer procedimientos de trabajo. No logramos que se cumpla un reglamento de tránsito, no podemos coordinar la recolección de basura, no se aplican reglamentos de construcción, no cobramos impuesto predial. Por pura evidencia anecdótica, le aseguro que más de la mitad del tiempo en tráfico en Ciudad de México se debe a esa falta de procedimientos.

Pero el daño es mucho más profundo. En el mejor libro que hay acerca de la productividad (El Poder de la Productividad), William Lewis asegura que es eso, y no la inversión en capital o la educación, lo que explica el fenómeno. Usa el ejemplo de un albañil mexicano, prácticamente analfabeto, que al irse a trabajar a Houston resulta tres veces más productivo que en San Luis Potosí. No aumentó su nivel educativo ni milagrosamente se transformó: simplemente se encontró con un entorno de procedimientos hechos para que fuese productivo.

El camino a la creación de riqueza está empedrado de procedimientos bien hechos. No cumplirlos implica ser menos productivo, y en un entorno de competencia, significa desaparecer. Cuando en lugar de procedimientos tenemos ocurrencias, la productividad se desploma. Desde hacer tamales o enchiladas, hasta proponer políticas públicas, la diferencia está en contar o no con procedimientos bien hechos.

Por eso creo que el problema a resolver en México es un tema de organización, sistemas y procedimientos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.