Política migrante
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Política migrante

24/01/2018
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Partidos
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En estos días pareciera que la actividad más importante de los políticos es cambiarse de partido. En realidad sí están concentrados en lo más importante para ellos, que es mantenerse dentro de la estructura de poder, y lo que resulta evidente es lo secundario: lo hacen a través del mejor instrumento que consiguen.

Esta migración entre institutos políticos no es un asunto normal en otras democracias, mucho más antiguas que la nuestra. En países en los que la democracia ha existido por décadas, existen grupos con una base ideológica fuerte. No es lo mismo defender posturas tradicionales que ampliar las libertades en materia de preferencia sexual, por ejemplo, ni es igual buscar la ampliación del mercado que intentar sustituirlo con el Estado.

Acá en México, sin embargo, por cinco décadas (1938-1988) hubo un único partido político que obtuvo todas las gubernaturas, prácticamente todas las senadurías y más de 90 por ciento de diputaciones y presidencias municipales. Por todo ese tiempo, hubo apenas un par de partidos de oposición. Uno, construido precisamente para enfrentar a ese régimen, Acción Nacional, y el otro que existió desde antes, pero siempre marginal, el Partido Comunista. La crisis política iniciada en 1986, que se hizo evidente con la elección de 1988, provocó la salida de muchos priistas, molestos por el grupo que se había hecho del control del partido. Con los restos del Partido Comunista (y otros menores aparecidos en la década previa) conformaron el PRD. En los hechos, había dos PRI, el de los setenta y el de los noventa, que siguen existiendo el día de hoy, aunque el primero se llama ahora Morena.

En los siguientes veinte años, la migración del PRI al PRD, y a veces a la inversa, fue un proceso muy natural. Defendían lo mismo: el nacionalismo revolucionario, hegemónico en el PRD, marginal pero presente en el PRI. A partir del triunfo del PAN en la presidencia en 2000, la migración también ocurrió hacia ese partido, no por asuntos ideológicos, sino esencialmente porque se había convertido en un instrumento para llegar o mantenerse en el poder.

Alrededor de estos tres partidos principales se crearon negocios familiares: el Partido Verde, el PT, Movimiento Ciudadano, Nueva Alianza y más recientemente el PES. Con la salvedad de Movimiento Ciudadano, que parece haber alcanzado un cierto grado de institucionalidad, los demás son administrados por la familia heredera. Con la misma excepción, no parecen tener ninguna propuesta política concreta, aunque utilicen alguna referencia para mantener las formas: el ecologismo, el comunismo coreano, el magisterio, el movimiento cristiano.

La dinámica de la actual elección ha reducido la disputa a tres grupos, de forma que los pequeños partidos tuvieron que asociarse a los grandes. Y aunque ahora se disputan más de tres mil 500 puestos, las candidaturas acaban siendo menos por esa razón: ya no son nueve partidos, sino tres. Conseguir uno de los puestos se ha convertido en un problema mayúsculo, de forma que los ve uno pulular alrededor de la flama, buscando algo de calor.

Explicar al público la migración a otro partido no es sencillo, a diferencia de lo que ocurría cuando era sólo del PRI al PRD (“han olvidado los principios revolucionarios”, decían) o al PAN en el gobierno (se iban buscando un espacio de acción). Ahora, con tres opciones: PRI de los setenta, PRI de los noventa, Frente hacia lo desconocido, es mucho más complicado.

Algunos interpretan los movimientos como confirmación del potencial triunfo de algún candidato presidencial. No creo que se trate de eso. Más bien se trata de un problema de mercado. Muchos aspirantes, pocas candidaturas: sube su precio, medido en opinión pública.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.