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Oportunidades

01/08/2018
Actualización 01/08/2018 - 9:44

El triunfo abrumador de López Obrador implica grandes oportunidades. Ningún otro gobierno en México ha tenido legitimidad democrática convertida en mayorías legislativas. Adicionalmente, es el primero que cuenta con un respaldo amplio en las entidades con más pobreza y desempleo, en donde el nivel educativo es el más bajo, y hay menor presencia del Estado de derecho.

Por lo mismo, este gobierno está en posibilidades de enfrentar exitosamente los grandes retos de México: crisis fiscal, debacle educativa, ausencia institucional. Mientras que los gobiernos del PAN y el PRI no contaban con respaldo popular suficiente para impulsar una reforma fiscal profunda, López Obrador si lo tiene. Puede, por fin, construir un esquema impositivo moderno y eficiente, manteniendo el impuesto al ingreso más o menos en el nivel actual, incrementando el impuesto al consumo (IVA) y forzando a las entidades federativas a recaudar adecuadamente el predial y los derechos de agua. Puede consolidar los ingresos federales de manera independiente a los derechos petroleros, para con ellos establecer un fondo de ahorro nacional, en la lógica de Noruega. Puede terminar con todos los programas que dicen ser sociales, pero sólo sirven para el control corporativo del voto. Puede, finalmente, resolver el tema de las pensiones incrementando la cantidad que los trabajadores depositan en su Afore, ampliando además el esquema para todos los mexicanos, y no sólo aquellos que están en la economía formal. Aunque esto no resolverá todo, indudablemente dotaría al país de una fortaleza que hoy no tiene, liberando recursos para una mayor inversión en infraestructura y en bienestar (vía salud, educación y seguridad social).

El amplio respaldo recibido por López Obrador le permite transformar el sistema educativo con mayor profundidad de lo que podía lograr Peña Nieto, incluso con el Pacto por México. Puesto que él ha insistido en sacar adelante “primero los pobres”, es una excelente oportunidad para convertir a los estados de Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Morelos, Tabasco y Veracruz en la punta de lanza de una reforma educativa de fondo: una escuela orientada a crear capital humano capaz de competir con cualquiera en el mundo. Al nacer, nada distingue a un mexicano de esas entidades de alguien nacido en Japón o Corea, aunque 15 años después uno de cada cinco nacidos en esos países esté en nivel de excelencia y ninguno de los mexicanos lo haya logrado. Si la diferencia son esos 15 años, está en manos del ganador de la elección, con toda su legitimidad y apoyo popular, terminar con ella.

Y eso es todavía más evidente en el caso de la aplicación de la ley. Por décadas, si no siglos, la población se ha negado a cumplir con las leyes porque considera que es una imposición de los poderosos. Pero hoy todo el poder lo tiene alguien a quien esa misma población ha elegido. Hace bien el equipo de López Obrador al identificar ordenamientos que son inadecuados y, por ejemplo, proponer la regulación de enervantes y no su prohibición absoluta. Ese marco legal mejorado, sumado a la legitimidad tan mencionada, abre el espacio para la transformación más profunda que puede ocurrir en México: convertirlo en un país de leyes y no de ocurrencias y negociaciones.

Son sólo tres áreas en las que debe concentrarse el gobierno de AMLO, haciendo uso del inmenso capital político que las elecciones le otorgaron. Nadie le reclamará el IVA generalizado, la evaluación a maestros, o la aplicación de la ley, porque sus seguidores son capaces de modificar su mente con sorprendente agilidad siguiendo los deseos del líder. En muy poco tiempo, menos de los seis años que tiene, puede transformar a México por completo, cumpliendo su mantra electoral: juntos haremos historia. Adelante.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.