Mundo revuelto
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Mundo revuelto

24/05/2018
Actualización 24/05/2018 - 14:25

Desde 2016 las elecciones en el mundo son ganadas desde fuera de la política. Así ocurrió con el Brexit, con Trump, Macron, Babis, Kunz, y en Alemania e Italia no hubo triunfador. Las negociaciones en Alemania alcanzaron a sacar un gobierno de centro, pero en Italia ha sido propuesto uno de extremos. La explicación más común a este fenómeno es que la globalización ha provocado un desequilibrio en las economías, ampliado la desigualdad y provocado que millones pierdan sus empleos. Son ellos los que están votando hacia fuera del sistema.

Como usted sabe, esa explicación a mí no me convence. Por un lado, aunque la desigualdad estuviese creciendo (y lo hace mucho menos de lo que suele uno leer en medios), no está claro si eso afecta o no las decisiones de los votantes. Tal vez así sea, y habrá que estudiar bien para probarlo. En mi opinión, la gran transformación tiene su origen en una nueva forma de comunicarnos que está trastocando a las sociedades mucho más de lo que la economía puede lograr.

El gran cambio que permitió el crecimiento económico explosivo desde inicios del siglo XIX ocurrió casi tres siglos antes: apareció el reconocimiento social a la generación y acumulación de riqueza de forma independiente al Estado. Eso no existió antes, de forma general, en la historia humana. Es una creación holandesa, del siglo XVI, llevada después a su esplendor en la Inglaterra de fines del XVII, y de ahí al mundo entero, con el nombre despectivo de 'capitalismo' que ahora usamos con tanta frecuencia. Ese reconocimiento al individuo fue producto de un mercado libre de ideas, que sólo apareció con la imprenta.

La ampliación de esta idea para abarcar a absolutamente todos, que empieza a hacerse realidad después de la Primera Guerra Mundial, me parece que tiene su origen en la aparición de instrumentos que nos permitieron construir discursos comunes. Esos instrumentos fueron, en su inicio, periódicos y novelas, y alrededor de la Primera Guerra se trasladaron a cine y radio, para después llegar a la televisión. Medios masivos permitieron un sistema masivo de producción y consumo, y eventualmente nos llevaron a una política masiva.

La transformación de la base discursiva de la sociedad abre o cierra espacios a las formas de producción (es decir, a la economía) pero también a la distribución de lo producido (es decir, a la política). Y eso ocurre porque esa base discursiva hace más o menos válidos ciertos presupuestos que tenemos acerca de cómo vivir en sociedad. No era posible imaginar individuos independientes de la Cruz o la Espada antes de la imprenta, ni era posible imaginar la igualdad esencial de las personas antes de los medios masivos. Por eso las sociedades previas eran estamentales. Con la imprenta inicia la declinación de la Iglesia y la Monarquía, aunque sus intentos de sobrevivir hayan costado cien años de guerras (1550-1648). Con los medios masivos, se derrumba la aristocracia y la política de familias, también acompañados de grandes guerras (1914-1945).

La irrupción de las tecnologías de información y comunicaciones (TIC) y las redes sociales está transformando profundamente esa base discursiva. Como en las otras transformaciones, ideas que parecían marginales se convierten en el centro del pensamiento. Y con ello, se transforma el cómo producimos y cómo distribuimos. Es decir, se transforma la estructura de la sociedad. Quienes antes eran importantes, dejan de serlo. Y eso es lo verdaderamente importante. A los seres humanos lo que más les importa es su importancia relativa en los grupos de los que forman parte. Lo que está trastocando la política en todo el mundo no es la economía. Es algo más profundo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.