Miserables
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Miserables

18/06/2018
Actualización 18/06/2018 - 14:17

En las últimas semanas está ocurriendo algo terrible en Estados Unidos y no parece que nos demos cuenta o nos importe. Donald Trump, el fascista autoritario, ha decidido que todos aquellos que entren a su país de forma no estrictamente legal, es decir, incluyendo a quien pide asilo, sea sometido a juicio, y previo a ello, detenido. Puesto que no pueden detener menores de edad, están separando a las familias: detienen a los mayores y los menores son recluidos en lugares que, según narran quienes han podido verlos, son poco menos que campos de concentración.

No me refiero a campos de exterminio ni nada cercano a ello, pero sí lugares definidos como espacios de retención, algunos en condiciones que pueden ser peligrosas, y otros con elementos de propaganda estilo totalitario: grandes fotos de Trump con frases suyas, como si se tratase de la Revolución Cultural de Mao.

Según la prensa estadounidense, hay más de cien lugares, pero sólo han podido visitar dos, porque no se les permite el acceso. En un principio, ni siquiera a un senador se le permitía ingresar a revisar las condiciones de esos centros de concentración. La presión pública ha permitido conocer un poco más de la situación, pero todavía es mucho más lo que ignoramos que lo que sabemos al respecto.

Creo que nadie pone en duda el derecho que tiene Estados Unidos de controlar sus fronteras, pero tampoco debería haber dudas de los derechos inherentes a los seres humanos. La separación de menores, especialmente de niños y niñas, de sus familias, es claramente una violación de la Convención Universal de los Derechos Humanos. Habrá quien argumente que no es así, que se trata de la aplicación de la ley: puesto que los padres han violado un precepto, deben ser detenidos, y para no encarcelar a los hijos, se les agrupa en dichos lugares. Me parece una interpretación violatoria del derecho de los niños, como quiera que sea. Más aun cuando esto no había ocurrido antes, a pesar de que el flujo de migrantes a Estados Unidos es el menor en más de dos décadas.

Lo más preocupante, en mi opinión, es que este tipo de actos van normalizando el desprecio por el otro. Y, en este caso, ese desprecio parece ser franco racismo. Así empezó el tobogán de los años treinta del siglo pasado, que desembocó en el Holocausto. Ya lo comentábamos el viernes, el mundo está entrando en un proceso de enloquecimiento similar al de aquella época, que podemos identificar por el ascenso del sentimiento sobre la razón, el desprecio por la ciencia, el encarnizamiento de los odios, la subordinación gregaria y muchos elementos más. No es un fenómeno estadounidense, es global: en Europa está ocurriendo algo similar, aunque no se refleje en exactamente los mismos procedimientos. Italia ha decidido cerrarse a quienes buscan asilo, Alemania está por decidir algo similar (o peor), y hacia el Este, las actitudes son aún más agresivas.

Indudablemente la migración es un tema complejo. Ya decíamos que los Estados tienen el derecho de controlar sus fronteras, y también es cierto que buena parte del flujo está en manos de traficantes de personas, participantes de uno de los peores crímenes imaginables: usar a las personas como mercancía ilegal. Pero enfrentar a esos criminales y mantener la estabilidad al interior de una nación no puede convertirse en la excusa de racistas abominables como Trump o Salvini.

La civilización se nos escurre entre los dedos. Aunque ya no esté de moda, es la razón lo que puede salvarnos. Acudamos a ella.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.