México y el mundo
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México y el mundo

25/05/2018
Actualización 25/05/2018 - 14:40

Como veíamos ayer, la transformación que ocurre en el mundo es extraordinariamente profunda. Es de una dimensión que sólo se ha visto en un puñado de ocasiones en la historia humana: con la aparición de la escritura hierática (hacia 3600 a. C.), la escritura abierta (hacia 1200 a. C.), la imprenta (1450) y los medios masivos (realmente masivos hacia mediados del XIX). En cada ocasión, la transformación de la base discursiva ha abierto nuevas formas de producción y de distribución, es decir, ha generado épocas totalmente distintas tanto en economía como en política.

Esas transformaciones implican que quienes eran importantes dejan de serlo, y son sustituidos por otras personas. No me refiero a un puñado de personas, sino a una alteración total de la pirámide de poder. Y puesto que la posición relativa de una persona en los grupos en que participa determina sus posibilidades de éxito en aquello que realmente es importante (sobrevivir, reproducirse, el éxito de la descendencia), quienes serán potencialmente desplazados se defienden con todo lo que pueden. Los momentos de mayor violencia en la historia humana se asocian precisamente a las fechas que le proporcionaba, en los lugares en donde el fenómeno de transformación ocurría: Creciente Fértil, Mediterráneo, meseta Indo-iraní y China, Europa occidental, el Hemisferio norte.

La transformación actual está provocando un fenómeno similar. Los valores, tradiciones y costumbres que crecieron con los medios masivos se derrumban. Lo mismo ocurre con la forma en que producimos: los empleos son cada vez menos importantes, la producción deja de ser masiva, las personas dedican la mayor parte de su dinero a salud, educación y entretenimiento, y ya no a alimentos, ropa y vivienda. La 'economía de torneo' en donde una sola persona o empresa se lleva casi todas las ganancias, avanza en todos los sectores. Los instrumentos del estado de bienestar resultan ahora un lastre para las economías.

Por lo mismo, quienes eran importantes están dejando de serlo, y su angustia es inmensa. No se trata de que hayan perdido el empleo o ganen menos. Se trata de que su estatus desaparece, porque el grupo en el que estaban deja de existir, y en los nuevos grupos que se forman no tienen posibilidad de ascender. Ése es el cambio que los amenaza. En una visión superficial, parecería que se trata de localistas versus globalistas. Creo que es más profundo que ello.

Esa gran disputa por el poder se refleja en diferentes resultados. En algunas partes, el viejo sistema intenta sobrevivir como sea, votando por el Brexit o Trump, por ejemplo. En otras, el nuevo logra avanzar, pero muy poco, como en Francia o Austria. Hay algunas en donde tenemos un empate virtual, como Alemania e Italia, que se resuelve con tiempos extras, literalmente.

Si vemos a México en esa lógica, será más fácil entender tanto las elecciones, como las transformaciones de los próximos años. México tuvo éxito en aislarse lo más posible de los procesos mencionados. Apenas en el siglo XIX nos sumamos a la época de la imprenta, con el triunfo de los liberales, pero nos regresamos con la Revolución. Sólo a fines del siglo XX retomamos el camino, de forma que en este momento se combina lo que otros países vivieron hace un siglo, con lo que ellos mismos viven hoy. Más claro: hoy en México hay tres tipos de sociedad, con una base discursiva diferente: la precapitalista (en el sentido que definí ayer), hegemónica en el sur; la capitalista, importante en el norte; y la propia de las redes, vigente entre jóvenes urbanos con estudios. Esta última, replicando al resto el mundo, entiende a la capitalista como su enemigo principal, y se ha aliado a la primera.

Regresamos a la confusión.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.