Mata más la duda…
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Mata más la duda…

11/09/2018

La economía mexicana ha ido perdiendo vapor en lo que va del año. Aunque no estamos en problemas serios, como sí los hay en otras partes del mundo, todo indica que hubo decisiones de inversión que se pospusieron durante la campaña electoral, y aparentemente no se han realizado todavía. Aunque junio y julio fueron razonablemente buenos para las manufacturas (crecimiento de 2.5 por ciento anual), están por debajo de lo que se veía el año pasado. La menor caída en la industria minera (es decir, el petróleo, que ya cayó mucho) resulta en un comportamiento industrial ligeramente superior a cero. La actividad económica total tuvo su peor trimestre en varios años, aunque todavía en terreno positivo.

No hay información más reciente, pero hay razones para pensar que de julio en adelante no debe haber cambiado mucho el panorama. Aunque ya sabemos quién ganó la elección, y no hubo, como en otras épocas, que aguantar pleitos y esperar decisiones del tribunal, la incertidumbre con respecto al rumbo de la economía no cede. No tenemos mucha claridad de qué va a ocurrir.

Aunque casi no pasa un día sin noticias del nuevo gobierno, esa información no reduce las dudas. Por ejemplo, seguimos sin saber si el aeropuerto se construirá o no, y la cifra que está bailando ronda 200 mil millones de pesos. Hemos oído de un Tren Maya, del que tenemos algunos dibujos, y la estimación de un costo de 150 mil millones de pesos. Con respecto a la energía, nada está claro. Un día anuncian que continuarán las licitaciones, y luego resulta que se refieren a otros procesos de adquisición. Las filtraciones y rumores acerca del nuevo equipo en Pemex son preocupantes. Insistieron que impulsarían los programas sociales anunciados por el candidato, pero también han dicho que sólo hasta donde sea posible, sin incrementar impuestos ni deuda. De la cifra de 500 mil millones de pesos que podrían obtener reduciendo corrupción y privilegios, no sabemos nada. Por lo mismo, aunque hay la esperanza de que no se entrará en una espiral de gasto, hasta ahora no es más que eso: esperanza.

Ciertamente, las negociaciones (o como pueda llamárseles) del TLCAN no ayudan en nada. Tampoco hay ahí certezas, sino que se prolonga la incertidumbre, aderezada de los desplantes de Trump. En este entorno, tomar una decisión de inversión debe ser muy difícil. No está claro cuál será el acceso al mercado estadounidense, ni fechas o costos de abasto energético ni se puede estimar bien el nivel de inflación y tasas de interés, sin la certeza de un presupuesto balanceado. Note usted que aunque la inflación subyacente se mantiene estable, el crecimiento total de los precios ha mostrado un repunte reciente. Muchos analistas han subido su estimación para 2019 por lo mismo. Y eso haría esperar una tasa de interés un poco más elevada, cuando hasta hace muy poco la percepción era la opuesta.

Las grandes virtudes del equipo ganador de la elección para una campaña política no resultan tan útiles para un gobierno. Jugar con expectativas, prometer, es algo que redunda en beneficios electorales, pero que para un gobierno reduce la certidumbre, y por lo mismo se convierte en costos económicos.

Algo que parece difícil de comprender es la importancia de la claridad para la economía. Si el panorama es dudoso, el riesgo es más elevado, y sólo conviene enfrentarlo si la ganancia esperada crece. El efecto de la duda es entonces menor inversión, menores salarios, y mayores ganancias. Justo lo opuesto que, según entiendo, quiere impulsar el nuevo gobierno.

Si en verdad quieren promover el empleo y reducir la desigualdad, un paso indispensable es reducir lo más posible la incertidumbre, no incrementarla. Y ya urge.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.