Más del suicidio occidental
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Más del suicidio occidental

05/06/2018

Para Emilia, en sus 25

Le decía ayer que leí el libro más reciente de Jonah Goldberg, Suicidio de Occidente, y me pareció muy importante. En él, Goldberg afirma que el gran Milagro (así, con mayúscula) que hemos vivido en el mundo en los últimos siglos está en riesgo de desaparecer. Este Milagro es no sólo la capacidad de producir mucho más, y para muchas más personas, sino también una esperanza de vida más amplia, acceso a educación y salud, y sin duda un reconocimiento creciente de los derechos de las personas.

Pero los seres humanos tenemos muchos problemas entendiendo la realidad. Para lograrlo, tenemos que simplificarla, y un mecanismo muy común es imaginar que lo que nosotros conocemos es todo lo que existe: que el mundo así es, y así ha sido siempre. Por lo mismo, quienes han vivido en este siglo XXI no pueden imaginar cómo fue la vida anteriormente. A nadie se le ocurre pensar en que hace muy poco tiempo moría uno de cada cuatro niños antes de cumplir los cinco años, que rara vez podía uno comer carne, que a los treinta años una persona mostraba ya graves signos de agotamiento y envejecimiento, que leía apenas uno de cada cinco (en los países más avanzados). Más importante aún: raro era el que salía del pueblo en que había nacido, y muy pocos llegaban a conocer otras formas de vida diferentes a la de su familia. El lugar en que se nacía era en el que transcurriría la vida y llegaría la muerte. No sólo en términos geográficos, sino sociales y económicos.

Hoy, todo esto es distinto, gracias a ese Milagro: la idea de que los seres humanos somos esencialmente libres e iguales, de donde se desprenden tanto la democracia como el capitalismo. Pero eso está en riesgo. Millones de personas creen que todo está mal, que nunca habíamos vivido peor, que la desigualdad es la más grande de la historia, que los políticos son todos unos incapaces y ladrones. Y quieren echar abajo todo, porque han llegado a la conclusión de que lo más importante no es la razón que sostiene la ciencia, la economía y el funcionamiento de la democracia. Lo más importante son los sentimientos profundos de los seres humanos, mejor reflejados en perros y gatos; los instintos e intuiciones que niegan los datos; la naturaleza. Lo piensan sobre todo muchos jóvenes que sólo conocen la naturaleza por televisión, YouTube, o en los hoteles en que vacacionan. Jóvenes que creen que sus sentimientos son tan importantes que deben ser aislados de cualquier información que los ponga en riesgo.

Goldberg llama a este proceso “el regreso de la tribu”, y lo asocia al Romanticismo, es decir, al movimiento sentimental iniciado a mediados del siglo XVIII. Sin meterse al problema de definir ese periodo, afirma que la primacía de los sentimientos por encima de la razón que aparece en esos años es similar a lo que hoy vivimos.

Este proceso es sólo occidental, no se percibe en China, por ejemplo, que ha vivido su mejor momento económico justo en estos últimos 25 o 30 años que los occidentales tanto desprecian. Acá es en donde nos quejamos del artificio liberal, en donde académicos y medios despotrican constantemente en contra del capitalismo y la democracia. Porque en occidente se puede hacer: el derecho a pensar y expresarse es parte del mismo Milagro.

Desde 2016, las críticas a la razón, la libertad individual, el libre mercado y la democracia han dejado de ser opiniones marginales. Ahora son mayoría en muchos países occidentales. Ése, entiendo, es el suicidio de occidente al que Goldberg se refiere.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.