Más del segundo
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Más del segundo

22/05/2018
Actualización 22/05/2018 - 12:02

Creo que fue evidente en el segundo debate que hay dos candidatos preparados y que se preparan: Ricardo Anaya y José Antonio Meade. Además de su bagaje, ambos habían estudiado los temas, los ataques y respuestas, la manera de presentar sus ideas. Los dos tienen una visión de México en el mundo, aunque discrepen en algunos temas. Como ya lo han comentado otros colegas, Meade demuestra gran conocimiento, pero no transmite la imagen de liderazgo necesaria para la presidencia; Anaya es más audaz, más ágil, pero no logra transmitir suficiente emoción.

Los otros dos candidatos, sin embargo, estuvieron de pena ajena. No me sorprende del Bronco, que es un caudal de ocurrencias, bromas, dichos y cuentos. Ese personaje le ayudó a ganar en Nuevo León, por el hartazgo con los gobiernos recientes. Es una oposición que no produce miedo, sino tal vez risa. A nivel nacional, creo que no tiene mucho éxito, y como lo dijimos en su momento, no debería estar en la boleta por la manera en que recopiló apoyos.

El que sí me sorprendió fue López Obrador. Puesto que el tema era el exterior, no esperaba que tuviera muchas propuestas, porque nunca le ha interesado el resto del mundo, pero tampoco me imaginaba que fuera capaz de asistir al debate sin estar en él: no entendía las preguntas, no tenía ninguna propuesta, no respondía ataques, hizo malos chistes, y se enojó en varias ocasiones. Como sabe usted, no pienso votar jamás por AMLO, pero creo que sus votantes deberían sentirse molestos por el desprecio que les tiene. Encabeza un movimiento de decenas de millones de mexicanos, y no tiene el mínimo respeto de mostrarse como un líder confiable y capaz.

Sus colaboradores cercanos sabrán por qué actúa así, si es por soberbia (convencido de que va a ganar), por desidia (no le interesa el resto del mundo), por autoritarismo (desprecia el debate en sí mismo), o por ese tema de salud que él niega, pero del que se ha resistido a responder preguntas elementales. Tampoco lo hizo en el debate.

A la petición de Krauze de dar un indicador medible del respeto de Trump por México, López Obrador respondió acerca de cómo reducir la corrupción en México nos dará autoridad moral. No cabe duda de que tiene razón, pero eso no tiene nada que ver con la pregunta. A los ataques, respondió que lleva 25 puntos de ventaja (poco probable). La única opinión que recuerdo que sí tuvo que ver con el resto del mundo fue su insistencia en autosuficiencia alimentaria, que es un gran absurdo. Sin embargo, las encuestas inmediatas que realizó MassiveCaller mostraron que 40 por ciento de los que respondieron lo eligieron como quien tenía una mejor propuesta en materia de inversión y comercio internacional.

Esto es importante en sí mismo. El exterior importa poco a los mexicanos, y por lo mismo le entienden menos. Creo que los que lo calificaron bien son sus seguidores, que todavía en ese momento del debate no se habían decepcionado. Para el final del mismo, ya nada más 33 por ciento creía que AMLO había ganado. Me parece que cualquier persona que no había decidido su voto, o que no es seguidor acérrimo de López Obrador, estará de acuerdo en que su participación en el debate fue preocupante. En el fondo, no tiene ninguna idea de qué hacer con el resto del mundo. En la forma, su desprecio por los contendientes, al debate mismo, y en el fondo, a la democracia, es una confirmación más del talante autoritario del candidato.

Para unos años que prometen ser, a nivel global, los más complicados desde las guerras mundiales, un autoritario ignorante no parece ser la mejor idea.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.