La hipótesis
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La hipótesis

20/02/2018
Actualización 20/02/2018 - 9:47

La hipótesis que hemos planteado en esta columna desde hace meses va ganando evidencias y apoyos. Ayer, Jesús Silva-Herzog escribió acerca del fin del periodo en que hemos vivido desde 1988. El régimen de tres partidos, izquierda, derecha y centro difuso, estaría terminando. El trasvase generalizado entre grupos, pero especialmente el derrumbe del PRI, llevan a Jesús a imaginar una situación muy compleja después de las elecciones, sin norte ni eficacia, con partidos más débiles e incoherentes, pero igual de sucios.

Efectivamente, la elección de 1988 dio lugar a un sistema de tres partidos, que, menos de una década después, permitió el fin del periodo de partido hegemónico, cuando el PRI perdió la Cámara de Diputados en 1997 y la presidencia en 2000. Pero la política no sólo ocurre en las cámaras y en Los Pinos, de forma que el tránsito a la democracia, es decir, el fin del sistema corporativo, exigió encontrar una forma de impedir una lucha descarnada por el poder. La solución fue la autonomía de corporaciones y la compra de paz a través de transferencias crecientes a los gobernadores.

A partir de 2000, ya no era el presidente el que controlaba a los sindicatos, sino que éstos le imponían límites. Ya no era tampoco el jefe de los gobernadores, tan sólo quien les repartía dinero, en cantidades que ellos mismos definían, a través de sus testaferros en el Congreso. Es decir, los diputados ya no eran tampoco subordinados del presidente, sino de sus jefes regionales. Se culpa a Vicente Fox de haber sido incapaz de evitar este nuevo arreglo. Dudo mucho que alguien hubiese podido hacerlo muy diferente, aunque su inexperiencia y la falta de cohesión de su equipo sin duda influyeron en el resultado.

Ya hemos descrito en varias ocasiones lo ocurrido en estos años: la dispersión del poder, la debilidad presidencial, la pérdida de razón en líderes y gobernadores, el descontrol absoluto de la seguridad, la crisis fiscal. Todo ello ha llegado al grado de que la población parece suficientemente cansada, y atribuye al PRI el deterioro. Como bien dice Silva-Herzog, ya no se trata sólo de la posibilidad (creciente) de que este partido pierda la presidencia, sino del desplazamiento regional. Aunque ya hoy el PRI gobierna menos de la mitad de las entidades, era en casi todas ellas la oposición relevante. Hay señales de que dejará de serlo en varias.

No sabemos en qué dirección se muevan quienes abandonen al PRI. A primera vista, parecería lógico que López Obrador, enarbolando el nacionalismo revolucionario, podría captar a todos. Pero tengo la impresión de que ese viejo arreglo, en el que todos cabían, ya no es posible, de forma que la migración también ocurrirá hacia el otro polo. Especialmente en el norte del país, la convivencia con el corporativismo, las ocurrencias económicas y el Estado interventor, no resultan atractivos.

En cualquier caso, si la hipótesis del fin de periodo es correcta, entonces lo más importante, a partir de julio, será la construcción de un nuevo arreglo. Éste no puede hacerse sino con quienes están, es decir, los que usted ve en las listas plurinominales, los equipos cercanos, líderes sindicales y empresarios en activo, y poco más que eso. Y el liderazgo de ese proceso tendrá que recaer en una de dos personas: López Obrador o Ricardo Anaya, no hay más. El promotor del regreso al nacionalismo revolucionario, o el constructor del novedoso y extraño Frente.

A poco más de cuatro meses de la elección, nada es seguro. Sopesar esta hipótesis creo que es algo relevante. Más, cuando se acumula evidencia a su favor y voces inteligentes la consideran.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.