Fin de siglo
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Fin de siglo

12/09/2018
Actualización 12/09/2018 - 13:15

Ayer se recordó el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York, en 2001 (también el golpe de Estado de Pinochet en Chile, hace 45, por cierto). Este sábado se cumplirán 10 años del derrumbe de Lehman Brothers, que dio inicio a la Gran Recesión. Entre esas dos referencias está el inicio del siglo, que rara vez ocurre cuando debería.

Después del ataque a las Torres Gemelas, Estados Unidos inició dos guerras de represalia. Una que tenía sentido, la de Afganistán, y otra que no, en Irak. La primera no podía ganarse, la segunda era peor si se ganaba. Afganistán es un país que no ha contado con un gobierno estable jamás. Es más un territorio de tribus que una nación en términos modernos. Fue el terreno del gran juego del siglo XIX, entre Gran Bretaña y Rusia, que buscaban controlar Asia Central. Los dos perdieron en aquel entonces, porque ahí no hay forma de ganar.

En Irak, en cambio, ganar implicaba perder. Sacar a Saddam Hussein del poder no era un asunto difícil. Estados Unidos pudo hacerlo en la primera Guerra del Golfo, a inicios de los noventa, pero prefirió mantenerlo en el poder. No era una mala idea, en términos estratégicos, aunque sin duda muchos iraquíes habrán pensado distinto. Hussein era uno más de los dictadores “laicos” del Magreb-Medio Oriente-Asia Central, que evitaban un conflicto plenamente religioso. Su caída puso en riesgo al resto de la zona, que con la Primavera Árabe terminó de derrumbarse. No sólo cayó Saddam, también Muamar Gadafi, eterno dirigente de Libia, y Hosni Mubarak, de Egipto, ambos en 2011.

Desde entonces, la zona es un desorden. Libia prácticamente no existe, Egipto vive bajo un régimen más violento y autoritario, Siria está en medio de una guerra civil que cumple ya casi una década, e Irak no ha podido construir un gobierno razonable. Tirar a Saddam, a pesar de ser un dictador, no garantizaba una mejor situación para la población de Irak ni, como hemos visto, para toda la región.

Sin embargo, estoy convencido que el momento real del fin del siglo XX no fue ese ataque, sino la Gran Recesión. Esto, porque me parece que el elemento más importante para la vida de las sociedades tiene que ver con las ideas, y la gran ruptura en este ámbito no ocurrió con el ataque terrorista, sino con el fracaso financiero. Lo que mostró la Gran Recesión fue la incapacidad de los expertos para construir un sistema financiero estable. En realidad, creo que eso no ocurrirá jamás, pero la creencia que habían construido era la opuesta. Se había insistido en que el sistema financiero no era sino un mercado más, que podía controlarse con facilidad.

No fue así (y no será jamás así). El derrumbe del sistema financiero global, paliado un poco con la rápida reacción de los bancos centrales, provocó una terrible crisis de creencias. Quienes habían pensado que el sistema financiero estaba bajo control, entraron en pánico. Otros se dieron cuenta del tamaño de las riquezas ahí acumuladas. Empezó el discurso de la desigualdad, los movimientos del 99 por ciento, la reacción populista. No es que de pronto hubiesen perdido mucho, es que de pronto percibieron la realidad de otra manera.

Ese momento de sorpresa, sumado a la nueva tecnología de comunicación, motivó reacciones en Nueva York y en Madrid, en Túnez y en el Cairo, y fue la causa directa de la Primavera Árabe (ya mencionada), y del derrumbe del centro político en Occidente.

Pero no es un asunto económico, aunque así lo parezca. La Gran Recesión es un golpe ideológico. Destruyó una forma de pensar, y provocó el momento de miedo e irracionalidad que hoy vivimos, y viviremos por unas décadas más.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.