El reemplazo
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El reemplazo

04/04/2018
Actualización 04/04/2018 - 11:09

A fines de noviembre pasado, en estas páginas, comentaba con usted que no veía posible que AMLO pudiera obtener más allá de 15 o 16 millones de votos en esta elección, y por lo tanto quedaría lejos de ganar la elección. En consecuencia, concluía que la competencia ocurriría entre Meade y Anaya. De acuerdo con todas las mediciones que hoy tenemos, estuve equivocado entonces.

La causa, que también es hoy evidente, es que el derrumbe del PRI ha sido muy superior a lo que yo había imaginado. En la última elección nacional, la de 2015, al PRI le había ido muy bien. Pero eso es ya prehistoria, y la percepción vigente entre la población es la que se reflejó en las elecciones locales que siguieron: las grandes tragedias priistas de 2016 y 2017. Ese derrumbe está siendo cosechado por AMLO, porque su votante tradicional siempre ha sido ése. De ahí provienen los nueve millones de votos que él solo le agregaba a sus coaliciones en las elecciones presidenciales de 2006 y 2012, y de ahí la votación que Morena ha logrado acumular en los pocos años de vida que tiene. AMLO representa el polo del nacionalismo revolucionario que se agrupó hace 30 años alrededor de Cárdenas, formó el PRD junto con los pequeños partidos de izquierda, y ahora se ha movido a Morena.

Sin embargo, ahora además cuenta con una gran intención de voto entre los jóvenes, es decir, los menores de 29 años, que no tienen recuerdo directo del viejo régimen. Nacieron después de 1988, aprendieron a leer después de 1995, y cualquier referencia al autoritarismo previo, de México o de la izquierda global, es para ellos y ellas un cuento equivalente a la Conquista, la Independencia, o la Revolución Industrial. Sus recuerdos están mediados por sus padres y maestros, y seguramente importa más para ellos la crisis global de 2008 que la caída del Muro de Berlín. Miopía, podemos decir, pero no importa nuestra opinión.

Tampoco va a ser fácil transmitirles cómo la corrupción es un fenómeno propio de ese viejo régimen que AMLO y sus seguidores intentan restaurar. Muy posiblemente imaginan que nació con la 'casa blanca', o tal vez le sumen la 'suavicrema', el espantoso monumento de la administración anterior. Creerán, porque así lo explicaron sus maestros, que la economía mexicana funcionaba bien antes de 1982, y que todos los males son atribuibles al neoliberalismo. Ayudará en ello la escasez de rigor en los medios, que de pronto dicen que la deuda nacional está en nivel récord, o que la inflación es altísima, o barbaridades equivalentes.

En un artículo muy reciente (que espero poder comentar con más detalle en otra ocasión), Thomas Pikkety muestra que hay un voto creciente por la izquierda entre jóvenes con estudios universitarios en Francia, Reino Unido y Estados Unidos. Han pasado de tener preferencias por la derecha, en los años cincuenta y sesenta, a tenerlas por la izquierda. El movimiento es de menos 20 a 20 por ciento de diferencia contra el 90 por ciento de votantes con menor educación. No traslado mecánicamente ese resultado al caso mexicano, pero creo que sirve como referencia global.

En el caso de México, ese voto de la izquierda estaría regresando a su origen histórico: el populismo del nacionalismo revolucionario. Acá el marxismo nunca fue muy popular, ni ganaba elecciones. El gran cambio a partir de 1986 fue la escisión del PRI, primero alrededor de Cárdenas, luego en la creación del PRD, y ahora en Morena, siguiendo a su líder. Es difícil afirmar que AMLO o Morena sean de izquierda, pero en el imaginario de los jóvenes, así parece ser.

Me recuerda la fábula de Esopo en la que las ranas deciden elegir un rey…

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.