El éxodo
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El éxodo

25/10/2017
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Donald Trump (Reuters)
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La democracia que conocemos aparece en Países Bajos durante el siglo XVI, se extiende a las Islas Británicas en el siglo XVII, y se convierte en el sistema de moda después de las revoluciones del siglo XVIII.

Esa democracia es en realidad una combinación de lo que se creía que había existido en Atenas (y por eso el nombre) y de las circunstancias vigentes en el norte de Europa en esos años. En todos los casos, se trataba de quitarle poder al monarca y trasladarlo a una asamblea de ciudadanos, acompañados de aristócratas en muchos casos. Participaban los hombres (no las mujeres), mayores de 30 años, que sabían leer y escribir y tenían propiedades.

Por ello, inicialmente las decisiones se concentraban en un pequeño grupo, que se reunía para debatir alternativas. Cuando el número de participantes crece, el debate ya no puede limitarse a esos pocos, y se derrama por toda la sociedad, a través de los periódicos y los lugares de reunión en las ciudades (los cafés, tertulias, etc.). Ahí, de hecho, participan mujeres, aunque no se les permitiera votar.

La ampliación universal de la franquicia reduce la importancia de esas reuniones, pero amplía la de la prensa, complementada con los medios masivos. Durante la segunda mitad del siglo XX, la ciudadanía se informa con un periódico en la mañana y un noticiero televisivo por la noche. Para guiarse, lee artículos especializados o escucha mesas de discusión en televisión. La radio complementa durante todo el día ese proceso de diseminación de información.

La agenda pública se fijaba desde las alturas, como había ocurrido durante 10 mil años. La opinión pública, la de los votantes, se recibía por carta, después por teléfono, en las oficinas de sus representantes, que con eso afinaban los temas, las ideas para enfrentarlos, las medidas de política pública. Pero temas y soluciones formaban un todo coherente, manejable: impuestos, regulaciones, educación, salud.

En la última década del siglo XX se derrumbó el comunismo, reduciendo la mencionada agenda, pero casi de forma simultánea las herramientas de comunicación se dispararon, con la aparición de los celulares, el Internet y, ya entrando al siglo XXI, las redes sociales. La gran diferencia entre estas formas de comunicación y las conocidas antes es la interacción. El celular era al inicio no más que un teléfono móvil, e Internet parecía sólo un correo más ágil, pero su combinación resultó en la conformación de comunidades virtuales, que gracias a las redes se han convertido en la norma y no en la excepción.

Ahí encontraron millones de personas a otros como ellos y ellas. Quien se sentía un extraño en su pueblo, es ahora un habitante normal en alguna isla de la virtualidad. Y ocupa más tiempo ahí que en la vida real, que no era vida. Y esas comunidades virtuales tienen demandas, que fácilmente se multiplican y difunden, de forma que la agenda pública hoy no la crea ese pequeño grupo de antes, que debatía y decidía frente al coro de lectores y televidentes.

Y cada isla virtual impulsa sus ideas y demandas para convertirlas en la agenda pública. No hay político capaz de responder al alud, y el desprestigio de la profesión se hace general. En todos los países, los políticos profesionales son despreciados. Aparecen líderes irresponsables que no tienen reparo alguno en prometer soluciones a todas las demandas de las islas virtuales, y si sus escrúpulos son suficientemente escasos, pueden ganar el poder, como Donald Trump.

Lo que vemos en el mundo no es el ascenso de la derecha nacionalista, como creen muchos. Es el fin de la democracia masiva. Procesarlo requiere pensar fuera de la caja. Mañana lo haremos.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter:
@macariomx

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.