Dos de ranas
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Dos de ranas

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Dos de ranas

11/05/2018
Actualización 11/05/2018 - 11:56

Primero, la fábula de las ranas, de Esopo, que publiqué hace casi 13 años, rumbo al proceso electoral de 2006, pero que vuelve a ser pertinente:

“Las ranas, tristes de no tener un gobernante, enviaron embajadores a Júpiter para pedir un rey. Viendo su simplicidad, Júpiter les envió un gran tronco al lago. Las ranas se aterrorizaron por el gran chapuzón causado por el tronco, y se escondieron en el fondo del estanque. Pero tan pronto como vieron que el tronco no se movía, nadaron a la superficie, abandonaron su miedo y se montaron y brincaron en él. Después de un tiempo, empezaron a sentirse maltratadas por tener un gobernante tan inerte, y enviaron una segunda embajada a Júpiter para pedir un nuevo soberano. Él les dio entonces una anguila para que las gobernara. Cuando las ranas descubrieron su naturaleza fácil, fueron por tercera vez a rogarle a Júpiter que les enviase otro rey. Júpiter, disgustado con sus quejas, les envió a una garza, que se comió a las ranas, día tras día, hasta que no quedó una más para croar en el lago”.

Segundo, el experimento famoso que consiste en meter una rana al agua, y calentarla poco a poco. La rana no se da cuenta, porque el cambio de temperatura es paulatino, y a la postre acaba hirviendo hasta morir. También me parece adecuado recordarlo, por todos aquellos que hace tiempo decidieron que López Obrador era el líder que necesitaban. Aunque él nunca lo aceptará, optaron por creer que era un paladín de izquierda, de la defensa de los derechos humanos, de la sociedad civil, de la defensa de los más pobres. Han sido fieles a él por ya casi dos décadas.

En este proceso electoral, para poder ganar, AMLO ha elegido aceptar a todo aquél que esté dispuesto a subordinarse. Los fieles, que ya contaban con una candidatura asegurada, la perdieron a manos de recién llegados: deportistas, gente de medios, actores; los activistas de las alternativas sexuales hicieron muecas cuando se alió al PES, pero aguantaron, y ya les llegó también Manuel Espino; quienes odiaban al PRI ya se acostumbraron a Bartlett, Ebrard, Monreal, y multitud más; los defensores de los trabajadores, sin chistar aceptan ahora a Napoleón Gómez Urrutia y Elba Esther Gordillo; los académicos le encuentran virtudes a la CNTE y a Televisa.

Como a las ranas, el agua se les ha ido calentando sin que se dieran cuenta. Convencidos de que el líder creía en lo mismo que ellos, no son capaces de ver cómo ese líder no tiene sus mismas creencias. Se los muestra todos los días, pero aceptarlo implicaría reconocer un error que, en algunos casos, ha durado 20 años. Es más fácil racionalizar las decisiones, ignorar la evidencia y continuar. Seguro habrá espacio para todos en ese paraíso prometido.

Pero no será así. No lo hubo en las candidaturas y no lo habrá, si gana, en los espacios de poder. Menos aún podrán poner en práctica las ideas que tienen para 'cambiar las cosas'. Si acaso, tendrán que defender lo que el líder les ordene frente a esa sociedad civil de la que alguna vez formaron parte.

Es curioso lo que nos cuesta aprender. La misma historia la hemos visto por décadas, siglos, milenios. Los obsesos del poder no tienen escrúpulos. Sin límites que se les impongan, serán machos alfa destruyendo competidores, subordinando, abusando. Pero siempre hay ranas útiles que piden a Júpiter un rey, y otras tantas que empiezan a hervir sin darse cuenta.

Por eso la democracia liberal es el mejor sistema político que hemos inventado: evita la tragedia de las ranas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.