Disonancia cognitiva
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Disonancia cognitiva

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Disonancia cognitiva

02/08/2018

En algunas ocasiones hemos comentado aquí acerca de un fenómeno llamado disonancia cognitiva. Fue descrito técnicamente por primera vez por León Festinger, hace poco más de 60 años, aunque su primera descripción es un poco más antigua: se trata de una de las fábulas atribuidas a Esopo (de hace 2,600 años), “La zorra y las uvas”.

Como usted seguramente recuerda, la historia de Esopo es de una zorra que pasa debajo de una parra y ve un racimo de uvas muy apetitoso, pero que cuelga a cierta distancia del suelo. Intenta atraparlo saltando varias veces, hasta que se da cuenta de que eso será imposible. La zorra se aleja diciendo: esas uvas están verdes.

La disonancia cognitiva ocurre cuando lo que se cree no coincide con lo que se percibe de la realidad. Si la creencia es contradictoria con la evidencia, ocurre la disonancia, es decir, nos empezamos a sentir mal. Para resolver esta situación, podría uno modificar las creencias, pero eso no es nada sencillo. De hecho, lo más frecuente es lo contrario, lo que hizo la zorra: reinterpretar la realidad para terminar con la disonancia. Esto puede hacerse simplemente ignorando la realidad, o alterándola agregando nuevas creencias.

Por eso insisto con frecuencia que “no hay evidencia que destruya una creencia”. Por el contrario, para las personas es mucho más importante su coherencia interna, y el rechazo a reconocer errores, que cualquier otra cosa. El único mecanismo que hemos desarrollado para evitar este fenómeno es la ciencia, que no es otra cosa que un procedimiento para destruir creencias con base en evidencia. Pero no confíe en todo aquello que hoy llaman “ciencia”. Abundan ahí también las creencias. Al final, todos somos humanos.

Regreso al tema de la disonancia por lo que estamos viendo hoy en México. Una cantidad importante de personas votó por López Obrador debido a su enojo con los políticos y gobiernos recientes, y para ello, imaginó que el candidato representaba sus ideas. Cabe recordar que AMLO facilitó este proceso al anunciar propuestas contrarias con gran frecuencia (sobre la reforma educativa, el aeropuerto, etc.). En cualquier caso, una vez electo, López Obrador está tomando decisiones de acuerdo con su agenda política de siempre, y muchas de estas decisiones no coinciden con lo que esos votantes habían imaginado.

Pero les será imposible reconocer el error, al menos por un buen tiempo. Lo que harán, ya están haciendo, es alterar la realidad para hacerla compatible con sus creencias: los críticos mienten, porque ya no van a tener “chayote”; no están entendiendo la estrategia del líder, porque es novedosa y compleja; es un proceso, y se tiene que dar beneficio de la duda. Es decir, quien critica es tramposo, tonto, o impaciente. Nuevamente, AMLO les ayuda, reiterando su descalificación de los “fifís”, inventando virtudes a sus nombrados, fingiendo consultas, eligiendo enemigos.

Es exactamente lo mismo que ha ocurrido en Estados Unidos, donde los votantes de Trump han ido adaptando sus creencias para acomodar la evidencia, y se han transformado poco a poco en un grupo mucho más xenófobo, racista, y violento, de lo que eran antes del triunfo del energúmeno. Porque él también los va ayudando a tener excusas para ignorar la evidencia, y fortalecer sus creencias.

En el ámbito político, el proceso de corrección de la disonancia cognitiva no es tan simple como la zorra desistiendo de las uvas. Puesto que la evidencia la ven todos, negarla o reinterpretarla exige descalificar a quien no comparte las creencias. De ahí viene la polarización: no es otra cosa que un proceso de negación de la evidencia. Y como es un espejismo colectivo, su fin no ocurre ni rápido, ni de forma pacífica.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.