De los grupos
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De los grupos

07/06/2018

Los cambios originados en nuevas formas de comunicación parecen ir acompañados, siempre, de una fuerte carga emotiva. Muy probablemente, porque entender las transformaciones nos es muy difícil, y eso necesariamente reduce el papel de la racionalidad e incrementa el de las emociones. Entre ellas, la angustia, el miedo, la desolación y el enojo. Justo lo que usted ve ahora por todas partes.

El mayor peso de las emociones hunde la racionalidad previa. Así pasó con la Reforma, que casi destruyó la racionalidad construida en siglos de cristiandad, la teología. Pasó con el Romanticismo, que opacó por unas décadas la Ilustración. Y en la última ocasión, el Totalitarismo aplastó al Positivismo. No debería ser extraño que hoy tengamos discusiones absurdas acerca de la ciencia (calentamiento global, vacunas) o de la existencia misma de la verdad y los hechos. La emotividad mencionada también lleva consigo grandes conflictos: cien años de guerras religiosas a partir de la Reforma; sesenta años de guerras a partir de la de los Siete Años (1756-1763); poco más de treinta desde la Gran Guerra (1914), o cincuenta, si contamos las Guerras de Liberación Nacional. Curiosamente, en todos los casos hubo también un breve periodo previo de cerrazón económica (mercantilismo, autarquía, como guste llamarlo).

Y es que no es fácil pasar de una época a otra. Dejar atrás la legitimidad divina para llegar a la que dan los ciudadanos se llevó un rato; ampliar la idea misma de ciudadanía de sólo abarcar a unos pocos (hombres, adultos, capaces de leer y con propiedades) hasta llegar a todos, lo mismo. La secuencia (conflicto) Reforma-Ilustración terminó con la legitimidad divina, Romanticismo-Positivismo estableció el poder de la burguesía, el siglo XX (¿totalitarismo-neoliberalismo?) el de todos los ciudadanos, absolutamente todos.

El sentimiento hoy vigente es que, a diferencia de lo que creíamos hasta hace muy poco, no todos somos iguales. Resulta que ahora lo que nos define no es nuestra condición de humanos, sino nuestra pertenencia a un grupo (o a varios) definido por características que nosotros mismos no decidimos: piel, preferencias, religión, gustos heredados. Ni cuenta nos dimos de que, al extender los derechos humanos sin límite, acabaríamos con ellos. Ahora no se puede opinar sobre gustos y preferencias, ni se aplica la justicia de la misma forma a todos (de derecho, no sólo de hecho). Ahora son derechos por identidad, y no por humanidad.

Precisamente por ello, la idea de democracia se derrumba. Aunque a muchos no les parece, la democracia (liberal) depende de la preminencia del individuo. La izquierda habló por décadas de la verdadera democracia, la económica, que no era otra cosa que la conciencia de clase del proletariado en proceso de convertirse en dictadura. Bueno, ahora multiplique esa idea por decenas de grupos y tendrá la democracia iliberal que requiere de un autócrata para funcionar.

Los autócratas que han podido hablarle a cada grupo de lo que quiere oír han podido ganar elecciones (Trump, tal vez AMLO). Desde el poder, se fortalecen unos grupos sobre otros. En el propio país, o donde se pueda (como Putin, o incluso Órban). De ahí la polarización que usted ve de forma creciente, que algunos atribuyen a la desigualdad creciente (algo que sólo ocurre en algunas partes) o al rechazo a la globalización (lo que sea que eso signifique).

En las etapas anteriores, hubo que equilibrar comunidad y sociedad (es decir, individuos). Ahora, hay que hacerlo entre grupos. Es posible que Occidente lo vuelva a lograr. Es posible que no, y se derrumbe en conflictos entre esos grupos. Es posible que su simple debilidad abra el espacio para el crecimiento y hegemonía de alguna tiranía oriental. Ya veremos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.