Creación destructiva
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Creación destructiva

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Creación destructiva

24/07/2018
Actualización 24/07/2018 - 13:13

Santiago Levy ha publicado un libro a unos pocos días de dejar su puesto en el BID que se titula Esfuerzos mal recompensados. Puede usted bajarlo del sitio del banco, en inglés o en español, sin costo alguno, y vale mucho la pena.

En este libro, Levy continúa dos preocupaciones que ha tenido en los últimos años. Por un lado, lo que llamó “la paradoja de México”, en un artículo publicado con Dani Rodrik, y por otro, la improductividad, que me parece que desde hace al menos diez años ha aparecido en sus escritos. En el primer capítulo del libro, Levy describe lo que después analiza con detalle en el resto del trabajo, y es sobre ese primer capítulo que quiero comentar con usted.

La idea básica de Santiago Levy es que México, a pesar de haber realizado reformas estructurales importantes, no ha tenido un desempeño económico exitoso debido a que mantiene estructuras que impiden la productividad. Dichas estructuras favorecen la existencia de empresas muy pequeñas, con trabajadores informales, que sobreviven gracias a los costos que deben solventar otros actores de la economía, específicamente empresas más grandes, más productivas, con trabajadores formales. En lugar de que la competencia destruya a quienes son improductivos, las estructuras mencionadas provocan que haya más de esos agentes improductivos, que van desplazando a las empresas eficientes. En algún momento, Levy recuerda la famosa frase de Schumpeter, de que el mercado funciona gracias a la destrucción creativa, y afirma que, en México, esto ocurre al revés, lo que tenemos es una creación destructiva. Las estructuras que impiden que la competencia provoque mayor productividad, piensa Levy, aparecen en tres áreas: laboral, fiscal y jurídica. En materia laboral, como ya lo había expresado hace algunos años en Buenas intenciones, malos resultados, las políticas sociales juegan en contra de las prestaciones asociadas al empleo formal. Si bien los trabajadores formales tienen derecho a servicios de salud y seguridad social, los informales también, a través de otros instrumentos (como el Seguro Popular o la pensión para adultos mayores). Además, los servicios mencionados no compensan el costo que tienen para el trabajador formal. Estima Levy que hay un “sobreprecio” de cerca de 12 por ciento del salario en dichas prestaciones.

Del lado fiscal, el costo que tiene para el trabajador (y la empresa, que al final es lo mismo) provoca que en muchos casos se opte por la informalidad. También hay un incentivo perverso en el antiguo régimen de pequeños contribuyentes (Repecos), ahora con otro nombre y dinámica. Se permite a empresas de ingresos bajos pagar una tasa menor, con lo que una empresa más productiva acaba pagando más, es decir, cargando un costo adicional. Finalmente, está el asunto jurídico, que ha sido un lastre espectacular en México. Desde el incumplimiento de contratos hasta la definición inadecuada de derechos de propiedad, que hacen imposible a una empresa crecer. Hay que sumar a ello (y Levy lo incluye) la muy baja capacidad administrativa en la mayoría de las empresas pequeñas. En conjunto, esto les impide tener acceso a créditos, a ser proveedores de empresas grandes o en general a tener un desempeño exitoso. Lo más interesante es que, en el transcurso de veinte años, las empresas pequeñas, informales o ilegales, pero improductivas, han sido cada vez más. Es decir: aunque México se ha convertido en una potencia global en manufacturas, las estructuras que incentivan la ineficiencia y la improductividad en el resto de la economía han sido más exitosas, y el resultado final es lo que usted ve. En 2013, dice Levy, 90 por ciento de las empresas eran informales, absorbían 40 por ciento del capital y 55 por ciento del empleo. Representaron 81 por ciento de las empresas comerciales y 88 por ciento en servicios. Ese es el problema económico, no el mercado, ni el TLCAN, ni su famoso neoliberalismo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.