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22/12/2017
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Donald Trump
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Este año ya termina. Sobrevivimos. Como país, sufrimos una de las más grandes amenazas de los últimos tiempos, la presidencia de Donald J. Trump. Su odio a los mexicanos, que algunos atribuyen a ciertos fraudes que vivió acá, nos ha costado vivir con un peso depreciado. El 10% de diferencia en el valor de nuestra moneda que creo que se puede atribuir nada más a él, ciertamente nos ayuda a exportar, pero ya se ha reflejado en mayor presión en los precios, y en un nivel de vida inferior al debido.

Pero Trump no es causa de todos nuestros males. El derrumbe de la industria petrolera ha sido cosa nuestra. En parte, por suponer que un campo milagroso (Cantarell) duraría eternamente, y dilapidar su producto. En parte, por insistir en formas de organización absurdas por demasiado tiempo. Por fortuna, el golpe que hemos recibido fue aminorado por medidas previas, especialmente las reformas fiscal y energética. Algo similar, en 1986, nos hundió de nuevo en una profunda crisis económica. Ahora, crecemos un poco menos, pero nada más.

Las amenazas externas lo son por nuestras debilidades internas, y éstas son resultado de nuestra historia. Cuando el mundo entero (especialmente Occidente) empezó a comisionar al gobierno una gran cantidad de temas, la carga impositiva creció de forma equivalente. Acá no, acá le fuimos asignando al gobierno cada vez más obligaciones, sin recaudar lo necesario. El proceso inicia en 1965, se desata en los años setenta, y desde inicios de los ochenta nos recargamos en el petróleo para cubrir el faltante. Ese petróleo que hoy ya no existe. Tendremos que revisar nuestro marco impositivo, ahora además considerando los cambios globales, especialmente en impuestos a empresas.

El régimen que nos gobernó durante el siglo XX fue autoritario, como sabemos. Eso significa que no hacía mucho caso de la ley, un adorno a veces usado para legitimar, pero que se aplicaba discrecionalmente. Por lo mismo, los mexicanos no somos muy adeptos a las leyes, sino a la resolución de casos específicos, por amistad, poder, dinero, fuerza. La impunidad, sin embargo, es ahora un problema muy serio, e impide el funcionamiento pleno de la democracia. Eso es lo que está detrás de la corrupción desatada y de la inseguridad sin freno. Terminar con ambas implica castigar a quienes actúan contra la sociedad, y eso se hace con leyes y fuerza. Pero la historia pesa, y buena parte de la sociedad no quiere ni ley ni fuerza, quiere arreglos que les beneficien personalmente. Y hay muchos políticos dispuestos a ofrecerlos.

Puesto que un régimen autoritario no puede sobrevivir sólo con base en la fuerza y los recursos, el nuestro dedicó grandes esfuerzos a adoctrinar a la población. El sistema de adoctrinamiento es conocido como “sistema educativo”. La escuela en nuestro país no es el lugar en el que uno se instruye para saber leer, escribir y hacer cuentas, es el lugar en el que se aprende a vivir en una sociedad autoritaria. Por lo mismo, nuestro sistema educativo es el más igualitario del mundo: se homogeneiza a los niños y jóvenes, destruyendo cualquier muestra de liderazgo, creatividad, o personalidad propia.

Esos son los tres problemas que tenemos que resolver: crisis fiscal, impunidad, y educación. Todo lo demás se resolverá solo, incluyendo desigualdad y pobreza (que resultan de educación deficiente y leyes discrecionales). Sólo tres problemas, aunque sean sumamente complejos. Y eso debe guiar nuestra decisión en las elecciones, me parece: ¿Qué agrupación, qué candidatos, pueden seriamente enfrentarlos?

Bajo esa lógica intentará esta columna proponer ideas propias y evaluar las de los políticos. Deseo que 2018 sea un excelente año, y nos vemos aquí mismo desde el día 2 de enero.

Twitter: @macariomx

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.