Opinión

Luminoso encuentro binacional

 
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La macha llegó a la Rectoría de Ciudad Universitaria. (Alejandro Meléndez)

Uno. Es 1949. Han pasado cien años y pico de la guerra México-norteamericana que no sólo amputó por la mitad el territorio nacional, sino que tornó exiladas en su propio lar a enteras poblaciones de origen mexicano. En Texas, en California, en Nuevo México, en Arizona.

Dos. En Monterrey, Nuevo León, tiene lugar el Primer Congreso de Historiadores de México y los Estados Unidos. A la sazón, la Universidad Nacional Autónoma de México y El Colegio de México cuentan con organismos de enseñanza y de investigación histórica.

Tres. De parte del COLMEX, nadie más señalado para participar en el encuentro binacional que su Secretario, Daniel Cosío Villegas, el “Señor del No”. Pero imposibilitado de asistir, acepta suplirlo su Presidente, Alfonso Reyes, el “Señor del Sí”.

Cuatro. Filólogo y helenista consumado, teórico y crítico de las literaturas, antiguas y modernas, Alfonso Reyes; quien, apenas tres años atrás, había dado a los tórculos El deslinde. ¿Pero historiador, máxime a la luz de la profesionalización del oficio?

Cinco. Del mismo rango, en cuanto especulación, Samuel Ramos, Edmundo O’Gorman y Alfonso Reyes. Pensamiento original en, respectivamente, antropología filosófica, teoría histórica y letras. Pero, insisto, ¿Reyes historiador?

Seis. Esplendente es, sin embargo, la sorpresa de su intervención en el encuentro. Y no sobra decir que, en un mentís para quienes querían “venderlo” como apolítico, Reyes había estipulado en el precitado tratado, como quien no quiere la cosa, lo siguiente. Sano, lo que se dice sano, es el país que cuenta, en lo interno, con un buen aparato circulatorio y, en lo externo, con un buen aparato respiratorio. Experiencia de avezado diplomático.

Siete. Se antoja, máxime con los recursos periodísticos de hoy, un pleno reportaje de aquella encerrona, ahora sí que histórica.

Participantes de ambos países, chismorreos de pasillos, filias y fobias, polémicas, conclusiones.

Ocho. Señaló, don Alfonso (anda en sus 60 abriles), que al momento perdían ardor las viejas cicatrices, ira las viejas sombras. Se alzaba, por el contrario, una “fiesta de la concordia y el saber”. Se congratulaban, por igual, el espíritu del Continente Americano y las esperanzas del mundo.

Nueve. Lejanas estaban, añado, la Guerra Fría, el Muro de Berlín, la Crisis de los Misiles; una candidatura republicana bravucona, y boquifloja e ignara, pero amenazante, como la de Donald Trump.

Diez. No es este el espacio para una morosa exposición de la “idea de la historia” que mueve al regiomontano. Me limito a señalar que reconoce el calor estético del pasado; que su modelo es la armoniosa arquitectura (si es que es arquitectura); que no debe confundirse el “hacinamiento de materiales” con la obra histórica; que piedras y documentos no hablan por sí solos.

Once. Si bien sin materia prima no se levanta la historia, menos la habría “sin la interpretación y la narración”. En el entendido, moral, de que mentir y escribir mal “son dos monstruos gemelos”.

Doce. Una cita ineludible: “Historia como colección de hechos sucedidos siempre la habrá, aunque nadie la exprese; pero si no ha pasado por el tamiz de la mente, carece de realidad humana. Historia como entendimiento de tales hechos, sus mutuas relaciones de antecedencia, concomitancia y consecuencias […] no es ya posible sin la intervención y aportación de una mente”.

Trece. En resumen, dentro de las corrientes más avanzadas del presente, Alfonso Reyes, ve en la Historia la mixtura de la ciencia (datos comprobados, fehacientes) y forma artística. Únicamente le faltó enfatizar, a mi juicio, que por el poderío intrínseco del lenguaje, la redacción es ya interpretación.

Catorce. No se extrañó la ausencia de don Daniel. Con tan brillante jugador salido de la banca.

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