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12/10/2018

El desafío más importante que tenemos adelante es el de ponernos de acuerdo en lo mínimo que necesitamos para crecer como país. Han pasado varios meses desde el día de la elección y pareciera que, en lugar de estar creando los consensos jurídicos, económicos y hasta éticos que requiere este cambio de época, nos dividimos sin remedio.

Si bien la opción política que arrasó en los pasados comicios es un movimiento compuesto de muchos grupos con visiones distintas, su oposición no es diferente. Recuperados de lo que piensan fue una derrota, hoy se reorganizan para hacer de contrapeso.

Basta revisar las redes sociales (el campo de batalla de esta guerra por la propaganda) o diversos espacios en los medios de comunicación para advertir (sólo como ciudadano en búsqueda de información confiable) que la verdad ya tiene varias interpretaciones.

El riesgo es que en el centro de esta carrera por la indignación –cierta o no– la sociedad mexicana empieza a polarizarse de nuevo. Puede que no sea novedoso, aunque a juzgar por la manera en que se interpretan los acontecimientos, la reconciliación a la que se ha llamado empieza a debilitarse.

Es comprensible (no sé si lógico) que, durante esta transición tan histórica como atípica, los anuncios se sobrestímen y los errores se magnifiquen. Con esto no quiero decir que no existan, porque son más que evidentes, pero también está ese otro lado de la moneda en la que varios personajes tratan a diario de cohesionar a una nación que vive en la desconfianza, incluso hasta de ella misma.

Ha llegado a tal grado esta pugna por lo que es real, que para construir un criterio objetivo es requisito ver el video completo, leer dos o tres diarios, y escuchar varias veces el audio íntegro para reducir las interpretaciones.

Para los que somos optimistas, este fenómeno es sólo el reflejo de los ajustes de la nueva época; para quienes no lo son, se trata de señales ominosas sobre lo que viene. En el fondo, lo que provoca es confusión y una incertidumbre artificial semejante a la que se fomentó durante y antes de la campaña presidencial.

No alcanzamos a poner los sucesos en su justo medio, tal vez porque hemos tenido pocas ocasiones a lo largo de nuestra historia donde un líder absoluto y su asfixiante aparato de gobierno dejaran que los ciudadanos determináramos el rumbo más conveniente.

La lección que le dimos al sistema político en julio fue precisamente que sí podemos tomar decisiones sin miedo al cambio o a los costos implícitos que trae una transformación. Pero ese momento ya pasó. Hoy tenemos la obligación de pasar de la protesta a la propuesta y a la acción, esa que debe poner a cada institución en el sitio que le corresponde para mejorar la calidad de vida de todos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.