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06/07/2018
Actualización 06/07/2018 - 13:49

Después de varias crisis económicas recurrentes, ocasionadas por el dispendio y la corrupción, en 1988 el PRI logró mantener la presidencia con un fraude de último minuto en contra del entonces abanderado de la izquierda, Cuauhtémoc Cárdenas. Justo en el último año de ese sexenio, 1994, asesinaron al candidato oficial a la presidencia, al secretario general del partido en el poder, estalló una guerrilla y caímos nuevamente en un caos financiero. El resultado fue la permanencia del PRI, en una elección que aún se recuerda como la del voto del miedo'.

Tuvieron que pasar sólo seis años para que la sociedad mexicana, muchos empresarios y hasta parte del sistema político impulsaran un cambio de partido y un panista ganara la presidencia. A los tres años, la mayoría ya estaba cansada de la alternancia, pero la opción de ese momento, el entonces jefe de Gobierno capitalino, provocaba un rechazo tal entre diferentes grupos de interés (y de intereses) que permitieron al PAN gobernar un sexenio más, a pesar de que nunca tuvo la legitimidad suficiente de que la elección había sido limpia.

Esos seis años fueron todavía peores en la percepción y en la realidad de muchos, por lo que la decisión fue traer de regreso a los que sabían, podían y hasta repartían, encabezados por un candidato joven, conocedor de la política mexicana más clásica. Lo acompañaban otros jóvenes gobernadores que representaban al 'nuevo PRI', pero que resultaron la banda de ladrones más grande que ha conocido el país en su historia reciente.

A pesar de aprobar un paquete inicial de reformas y de algunos golpes políticos espectaculares, los escándalos se impusieron, la inseguridad se desbordó y la corrupción llegó a niveles nunca antes vistos.

Creo que para millones de mexicanos ya había sido suficiente. Incluso esos mismos grupos de interés, tanto políticos como económicos, tuvieron que dividirse al reconocer que este sistema ya no funcionaba.

El domingo vino la sacudida. Me tocó atestiguarla como presidente de mi casilla, un privilegio que atesoraré para siempre. Vi a muchos de mis vecinos preocupados por un video en redes sociales que demostraba que la marca del lápiz para votar se borraba, pero nadie faltó para cumplir con su obligación civil.

Tampoco aprecié el miedo y los efectos de la guerra sucia y la división que sí nos apartó en 2006. Igual que el resto del país, nos enteramos a las ocho y media de la noche que dos de los candidatos reconocieron su derrota. Antes de la medianoche el presidente del INE y el presidente de la República confirmaron los resultados.

Las transformaciones son procesos complejos que tardan años en reflejar sus consecuencias. Sin duda, este momento es el inicio de una de ellas. Todos debemos estar a la altura de lo que se requiere para concretarla, estemos de acuerdo o no con los resultados. Nuestra democracia creció y ese es un primer paso que nos ayudará a reconducir el rumbo del país. Enhorabuena.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.