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29/09/2017
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escombros
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De aquí debe surgir un nuevo pacto social. Uno que se concentre realmente en mejorar la calidad de vida de los mexicanos, en erradicar la corrupción y en brindar oportunidades para la mayoría.

La emergencia ocasionada por el terremoto del 19 de septiembre puede ser el parteaguas que necesitábamos para construir un nuevo sistema político y económico. Esa es la apuesta de miles que salieron a las calles a ayudar, incluyendo policías, militares, marinos y bomberos, y rebasaron en cuestión de horas a un aparato político anquilosado, fuera de ritmo y con una capacidad de acción lejana a la que desplegó la sociedad civil.

Leo que este entusiasmo social es una llama que se extinguirá conforme regresemos a la rutina. Espero que no, porque el desastre apenas comienza. Muchas personas se encuentran en este momento sin patrimonio o a punto de perderlo; otros viven ya en albergues y más tendrán enfrente juicios que durarán varios años para lograr alguna compensación.

Luego aumentará la tensión y el malestar natural por lo que vivimos. Miles de capitalinos y mexicanos en los estados afectados llevan días sin dormir o alterados por cualquier sonido que se pueda parecer al angustiante tono de la alarma sísmica.

En el Consejo Ciudadano llevamos 15 mil llamadas sólo para atender este tipo de padecimientos en una semana, y anticipamos que escalarán una vez que regresemos a nuestra vida cotidiana (si es que eso es posible). El número de solicitudes de asesoría legal para cobrar seguros, demandar constructoras, obtener dictámenes de seguridad y reestructurar hipotecas, crece diariamente y alcanzará en las próximas horas el mismo número de las primeras.

A pesar de las increíbles muestras de solidaridad, la desconfianza y el enojo aumentan ante las evidencias de corrupción al construir vivienda y la irresponsabilidad de empresas del ramo con tal de maximizar sus utilidades.

Al menos hasta hoy, el proceso de reconstrucción es sólo una cifra millonaria que no tiene claridad en su ejecución, o en la transparencia mínima que requiere el uso de tanto dinero para garantizar que no se convierta en un jugoso negocio que caiga en las manos de los cuates en turno.

No creo que la llama que nos impulsó a ayudar a quienes quedaron atrapados o sin casa se apague. Puede que reduzca su flama, igual que lo hacen las velas al consumir cera, y es normal; sin embargo, pienso que podemos utilizar ese fuego y tenerlo a la mano, de la misma forma en que muchos ahora tienen a disposición una mochila de emergencia o un botiquín de primeros auxilios. Lo vamos a necesitar.

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Twitter: @LuisWertman

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.