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13/04/2018

Frente al absoluto descrédito de los partidos políticos y muchos de sus representantes, la idea de los independientes se convirtió en una alternativa válida para contar con una representación legislativa y gubernamental alejada de las cuotas, los intereses y los trucos de un sistema que se niega a cambiar.

Sin embargo, los independientes cayeron pronto en las trampas del sistema que intentaban vencer, y demostraron que estaban dispuestos a hacer lo mismo que cualquier otro aspirante a un cargo de elección, salvo honrosas excepciones, como Marichuy, propuesta por el Congreso Nacional Indígena y el movimiento zapatista, quien entregó al INE un cien por ciento de firmas reales, pero al no cubrir con el mínimo exigido, no pudo aparecer en la boleta de este año. Lo mismo ocurrió en el caso de Pedro Ferriz de Con, quien fue el primero en denunciar el tráfico de identidades con el cual se comercia con los aspirantes en cada contienda.

Justo cuando una parte de los electores necesitaban una opción, los principales independientes a la Presidencia de la República defraudaron por completo la confianza ciudadana al tratar de engañar a la autoridad electoral con la acreditación de firmas. Incluso, Jaime Rodríguez opinó que se trataba de las “travesuras” naturales que en México se le pueden atribuir a los duendes.

Para este momento, los principales aspirantes fuera de los partidos habían hecho trampa en mayor o menor medida. Entre los tres, de paso, también habían acabado con la oportunidad de fortalecer nuestra joven democracia con opciones de cierta independencia. El experimento había fracasado y, de manera indirecta, ese era un mensaje al ciudadano de que este es un sistema al que todavía le faltan algunos años de vida.

Y de pronto, en una decisión inaudita, el Tribunal Electoral emitió una sentencia que revive a Jaime Rodríguez en la contienda presidencial. Un auténtico premio a la trampa y un desprecio más a las reglas mínimas de una democracia saludable. El proceso electoral, ya de por sí endeble, se manchó.

Pero no todo está perdido. Varios candidatos sin partido avanzan para llegar al Congreso o a posiciones de gobierno. Poco a poco, la sociedad está desechando las noticias falsas, las mentiras, los rumores, y está exigiendo un proceso electoral limpio. Esa presión se está acumulando en ese sistema político arcaico y en algunos candidatos que están desconectados de las auténticas demandas de la gente: cero corrupción, no más impunidad y mayor igualdad.

Tal vez la oportunidad real que tenemos como ciudadanos no sea la creación de nuevos candidatos, sino la de un sistema político completamente nuevo, de partidos distintos, que no estén atados al dinero y al poder en manos de unos cuantos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.