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Opinión

Policía digna

04/03/2016
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La SSPDF realizó un despliegue policiaco para evitar que las manifestaciones lleguen al Zócalo. (Eladio Ortiz)
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Hubo un tiempo en México en que las dos profesiones más respetadas eran la de médico y la de maestro. Ambos, junto con los sacerdotes, constituyeron el liderazgo de comunidades, estados y ciudades enteras.

Escuchar que alguien aspiraba a convertirse en doctor en medicina, independiente de la especialidad, o que su interés de vida era la docencia, significaba una aspiración llena de prestigio, calidad moral y preparación. Incluso, durante su época de oro, el cine mexicano retrató a estos dos profesionales como lo mejor de nuestra sociedad.

Hoy podemos debatir si esa imagen se mantiene o incluso si corresponde a la realidad de, al menos, las últimas tres décadas (junto con los sacerdotes). Los ideales han cambiado y las circunstancias también, aunque de manera constante escucho comentarios acerca de la nostalgia que produce no contar con esos ejemplos sociales de civismo y decencia en medio de un aparente mar de casos de impunidad y corrupción.

Si bien es cierto que los ciudadanos merecemos mejores policías, no podemos negar que los policías también merecen mejores ciudadanos.

Y ahí podemos contribuir bastante. Primero, acercándonos a la Policía. Sí, leyó bien. Debemos conocer el proceso de capacitación que siguen las diferentes corporaciones responsables de nuestra seguridad. Dos casos que he podido atestiguar: el Instituto de Formación Policial de la Secretaría de Seguridad Pública de la Ciudad de México y los centros de capacitación de la Policía Federal son instituciones educativas que son un orgullo para cualquiera de nosotros. Forman al equivalente del médico y del maestro de nuestros abuelos. No me crea, compruébelo.

Sin embargo, estamos lejos de brindarle a la Policía el respeto y el reconocimiento que merecen la mayoría de sus integrantes. Esa imagen que tan bien ilustró el gran Abel Quezada en sus obras sigue, tristemente, habitando en nuestras mentes. Y las condiciones de vivienda, crédito, salud y educación a la mano de los policías y de sus familias, todavía distan mucho de ser las que nosotros aceptaríamos como personas; eso sin hablar de algunos estados en donde ni siquiera cuentan con lo elemental.

Pero nosotros podemos acelerar esta transformación a través de una regla muy sencilla: a los buenos policías se les reconoce y a los malos se les denuncia. Volvió a leer bien. El Consejo Ciudadano ha comprobado que valorar a los policías que tienen vocación crea las bases de esa sociedad justa que exigimos a gritos, pero que en ocasiones estamos demasiado ocupados para construir.

Twitter:
 @LuisWertman

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.